Por Rosa Covarrubias
Cuando Sarah Schleper se retiró por primera vez de la alta competencia, tenía 32 años y representaba a los Estados Unidos, el país más dominante y exigente del esquí alpino. Todo indicaba que aquel adiós sería definitivo. Su despedida llegó en Lienz, Austria, durante una Copa del Mundo que marcaba el final de una carrera de 15 años en la élite. Sus compañeras de equipo, lejos de optar por un protocolo solemne, la convencieron de cerrar el ciclo con una locura: bajar la pista con un vestido de verano y, debajo, un bikini. Una imagen irreverente, liberadora, inolvidable. Una despedida acorde a una atleta que siempre desafió las formas.
Si el boom de las redes sociales y los videos virales hubiera ocurrido en aquella época, esa escena habría dado la vuelta al mundo. Pero la historia aún guardaba un giro más poderoso, uno que trascendía lo anecdótico. Sarah se detuvo a mitad del recorrido, tomó en brazos a su pequeño hijo Lasse —nombrado así en honor a Lasse Kjus, campeón olímpico noruego en Lillehammer 1994— y juntos cruzaron la meta. No era solo el final de una carrera: era el inicio de otra narrativa, una que mezclaba maternidad, identidad y deporte de alto rendimiento.
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