Por Sandra Romandía

Hay una forma particularmente eficaz de enterrar la verdad de un crimen: no cuidar el lugar donde ocurrió. No hace falta borrar huellas ni desaparecer testigos. Basta algo más simple: dejar la escena abierta el tiempo suficiente para que cualquiera entre, toque, mueva, altere, contamine.

Eso es exactamente lo que acaba de admitir la Fiscalía General de la República (FGR). En una tarjeta informativa difundida hace unas horas, reconoció que no resguardó las cabañas ubicadas en Tapalpa, Jalisco, donde presuntamente se ocultaba Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. El argumento institucional es desconcertante: el lugar —según la propia Fiscalía— no ofrecía condiciones mínimas de seguridad para que el personal ministerial y pericial pudiera permanecer ahí y preservar la escena.

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