Por Sandra Romandía

En la política mexicana hay una tradición curiosa: los expresidentes suelen desaparecer como si hubieran tomado un voto monástico de silencio. Algunos lo hacen por prudencia, otros por conveniencia y unos cuantos porque el país ya no desea escucharlos. Andrés Manuel López Obrador prometió algo parecido.

Durante años repitió —con la solemnidad de quien firma un testamento político— que al terminar su mandato se retiraría por completo de la vida pública. Que se iría a Palenque. Que se dedicaría a leer, a escribir historia y a caminar entre ceibas. Que no asistiría a actos políticos, que no daría conferencias, que no influiría en su sucesora ni en su partido.

SUSCRÍBETE PARA LEER LA COLUMNA COMPLETA...

Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.