Por Sandra Romandía
Ayer, la presidenta Claudia Sheinbaum hizo algo que, en un país acostumbrado a las medias verdades, resulta casi revolucionario: admitir lo evidente. Sí, había una mujer asoleándose en una ventana de Palacio Nacional. Sí, los videos eran reales. Y no, no eran producto de la inteligencia artificial, como se insistió desde los canales oficiales.
Pero el problema nunca fueron las piernas.
El verdadero asunto —ese que se intenta esconder bajo la anécdota casi doméstica— es otro: el uso del aparato del Estado para decidir qué es verdad y qué no lo es, con la ligereza de quien dicta sentencia sin expediente. Durante días, desde Infodemia, el proyecto gubernamental diseñado supuestamente para combatir la desinformación, se descalificó a periodistas y medios. Se les llamó mentirosos, manipuladores, parte de una conspiración digital. Se activó una maquinaria de descrédito con la seguridad de quien cree tener el monopolio de la verdad.
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