Por Sofía Guadarrama Collado

México conquistó su independencia, atravesó la pólvora de una Revolución y resistió las crisis económicas que en los años ochenta y noventa parecían diseñadas para demoler cualquier economía. No éramos Dinamarca, desde luego, pero tampoco Haití: habitábamos ese territorio ambiguo donde la sobrevivencia y la dignidad caminaban codo a codo.

Durante casi tres décadas se levantó un andamiaje institucional que, aunque lleno de fisuras y contradicciones, sostuvo la gobernabilidad con la terquedad de un edificio que se niega a derrumbarse. Se erigieron pilares que marcaron época: la autonomía del Banco de México, capaz de domar la inflación como quien doma un potro desbocado; el IFE (después INE), prodigio de logística y paciencia ciudadana, se convirtió en vitrina mundial de cómo contar votos sin perder la cordura; el IFAI (después INAI) que abrió la ventanilla de la transparencia; la Suprema Corte, todavía joven en su papel de contrapeso, comenzaba a ejercer la función que la historia le había negado durante siglos: ser la voz que recuerda al poder que no todo es posible y el Seguro Popular, que en su mejor momento alcanzó a más de 50 millones de mexicanos, ofreciendo una red mínima de protección en un país acostumbrado a caminar sobre vidrios rotos.

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