Por Sofía Guadarrama Collado
Comencé a inventar historias mucho antes de saber qué hacer con las palabras. No hablo de la primaria ni de los cuadernos con márgenes torcidos, sino de ese otro aprendizaje más hondo: el de escuchar cómo respira una frase antes de nacer.
Hace algunos años mi psicóloga le puso nombre a ese oleaje que siempre me habitaba: Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, algo que hoy, cualquier persona que se distrae un poco cree tener, y peor aún, se vende como pan caliente en las escuelas primarias, una etiqueta funcional que sirve para explicar dificultades académicas, un sello que acomoda lo incómodo y alivia tensiones con padres o justifica incapacidades pedagógicas. El diagnóstico serio no se hace en un recreo ni por intuición del maestro: requiere evaluación clínica.
SUSCRÍBETE PARA LEER LA COLUMNA COMPLETA...