Por Sonia Garza González*
Cada vez que una persona realiza una compra a través de una aplicación móvil, liquida un servicio por transferencia electrónica, vende un producto en un marketplace o recarga su teléfono celular desde una billetera digital, no sólo concreta un intercambio monetario; en ese preciso instante, está generando una huella digital de su actividad económica. Durante décadas, esta información fue ignorada o tratada como un simple registro operativo. Hoy, representa el activo más valioso para transformar el panorama financiero, abrir las puertas del crédito formal a millones de personas y redefinir las reglas del comercio en la era global.
La verdadera revolución de la inclusión económica no reside únicamente en la apertura masiva de cuentas bancarias formales, sino en la capacidad del sistema para interpretar los datos cotidianos de las personas. En los mercados emergentes, millones de trabajadores informales, pequeños comerciantes y familias de menores ingresos han vivido históricamente al margen de la banca por carecer de un historial crediticio tradicional o de garantías patrimoniales.
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