Por Sophia Huett
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La noche del 20 de noviembre de 2023, la familia Sidhu se preparaba para dormir en su casa de Caledon, Ontario, una zona residencial al norte de Toronto. No existía antecedente alguno, ni conflicto previo, ni explicación razonable para lo que estaba a punto de ocurrir. Minutos después, hombres armados irrumpieron en el domicilio y ejecutaron un ataque con una violencia desmedida.

Jagtar Singh Sidhu, de 57 años, murió en el lugar. Su esposa, Harbhajan Kaur Sidhu, de 55, fue trasladada gravemente herida y falleció horas más tarde en el hospital. Su hija, Jaspreet Sidhu, recibió 13 disparos y sobrevivió.

Desde el inicio, el crimen desconcertó incluso a las autoridades. No había amenazas, no había vínculos criminales, no había motivo aparente. Precisamente por eso, la hipótesis más inquietante se impuso pronto: la familia no era el objetivo. El ataque fue un caso de identidad equivocada en el marco de una disputa criminal completamente ajena a ellos.

Durante meses, el caso quedó envuelto en preguntas sin respuesta. Fue hasta un año después cuando la explicación comenzó a tomar forma, a partir de información revelada por autoridades estadounidenses. El homicidio fue atribuido a una red internacional de tráfico de drogas, con vínculos directos con el Cártel de Sinaloa, que operaba desde Canadá y movía cientos de kilogramos de cocaína hacia América del Norte.

Este contexto no era desconocido del todo. Los medios canadienses llevaban al menos cuatro años siguiendo la pista de esta estructura criminal, documentando su expansión, sus disputas internas y el aumento de la violencia asociada a sus operaciones. Lo que no se había visto con claridad era hasta dónde podían llegar sus consecuencias.

Entre los nombres que surgieron en la investigación se encuentra el de Ryan James Wedding, ex atleta olímpico canadiense de snowboard, quien participó en los Juegos de Invierno de 2002. Hoy enfrenta cargos en Estados Unidos por narcotráfico, delincuencia organizada y homicidios vinculados a disputas dentro de esa red. El apodo mediático de “el Chapo canadiense” simplifica un fenómeno que es mucho más complejo y perturbador.

La discusión sobre si Wedding se entregó o fue detenido resulta secundaria. Lo central es lo que el caso Sidhu expone: el crimen organizado ya no es local, ni marginal, ni predecible. Opera con lógica transnacional y, cuando se equivoca, el daño recae sobre personas que no tenían ninguna relación con ese mundo.

No fue un ajuste de cuentas tradicional. Fue la evidencia de cómo una orden emitida dentro de una estructura criminal global puede terminar en un hogar común, en una familia sin antecedentes, sin explicación y sin posibilidad de defensa.

En tiempos en los que casi todo se interpreta en clave política —quién gana, quién pierde, quién capitaliza una captura—, comprender la verdadera dimensión de estos hechos se vuelve cada vez más difícil. El asesinato de la familia Sidhu obliga a detenerse y a mirar más allá del personaje y del expediente judicial. A entender que el crimen transnacional no solo cruza fronteras, sino que borra cualquier frontera entre la violencia organizada y la vida cotidiana.

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@SophiaHuett

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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