Por Sophia Huett
“Para ser abogada necesitas un padre rico”. Eso fue lo que un profesor le dijo a una niña de diez años cuando le contó lo que quería ser de grande. Su padre no era rico. Era conductor de autobús. Y ella vivía en un país donde el color de la piel podía determinar hasta dónde estaba permitido llegar.
Aquella niña se llamaba Navanethem Pillay. Décadas después, ayudaría a cambiar la manera en que el mundo juzga algunos de los crímenes más atroces de la humanidad.