Por Tatiana Revilla Solis*
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Desde hace ya décadas, algunos feminismos han utilizado la metáfora del techo de cristal para sensibilizar sobre las barreras invisibles y simbólicas que enfrentan las mujeres para acceder a los puestos más altos o a espacios históricamente masculinizados. 

Imagina que, desde chiquita, volteas hacia arriba y existe una superficie de vidrio de gran tamaño; tanto, que no alcanzas a ver dónde termina. La placa está a muchos metros de distancia sobre ti, más abajo que el cielo, pero lo suficientemente cerca para que, a veces, con el reflejo del sol o de alguna luz, la puedas ver y recuerdes su presencia.

Al ser invisible, la percibes poco, pero de alguna manera sabes que ahí está. Conforme creces y empiezas a transitar la vida, adquieres más conocimientos y experiencias, estudias o aprendes un oficio, llegas a un puesto en un corporativo o emprendes tu propio negocio, ese techo se va acercando. En ocasiones, llegas a ver los huecos que tú u otras mujeres han hecho con cada uno de sus logros. Hay huecos que no se vuelven a tapar de tantas mujeres que los han roto. Pero hay otros en los que solo llegaron unas cuantas, y se vuelven a cerrar, claro, dejando siempre algunas grietas.

De todos los agujeros que lograste ver en el techo de cristal: ¿Sabes quién limpió los pedacitos que iban cayendo mientras tú y muchas otras subían? ¿Durante la cuesta volteaste a ver que algunas mujeres ni siquiera pudieron llegar a la mitad? ¿Notaste un piso pegajoso que las atrapó? ¿Llegamos todas? ¿O solo unas cuantas?

Esta crítica la retoman las autoras del Manifiesto de un feminismo para el 99%, en el que señalan que la metáfora del techo de cristal —principalmente utilizada en el sector privado corporativo— ha hecho a un lado las condiciones de privilegio, disfrazándolas de mérito o de políticas de inclusión y diversidad.

Que lleguen más mujeres importa. Importa en representación y favorece la igualdad y la no discriminación en estos espacios; sin embargo, si no nos posicionamos de manera crítica, se corre el riesgo de invisibilizar que las restricciones históricas en el capital social, cultural y económico hacen que el acceso a romper ese techo sea imposible para la gran mayoría de las mujeres. 

Destacar exclusivamente el mérito es un peligro para la igualdad. Promover una imagen homogénea de cierto tipo de mujeres talentosas y exitosas que lograron ascender a la cima no elimina las jerarquías sociales, sino que las reproduce porque solo un puñado lo logra. 

Lo mismo ocurre con los cuidados y el trabajo doméstico. ¿Quién realiza este trabajo de las mujeres que rompen el techo? No se ha logrado integrar a los hombres en estos espacios de una manera más igualitaria y las estructuras de género que sostienen estas desigualdades permanecen casi intactas, sostenidas por mujeres en una posición menos privilegiada. 

Celebro a cada mujer que hace una grieta. Entre más llegan, más espacios logramos abrir para todas, pero no basta con hacer grietas. Mientras la estructura que sostiene ese techo permanezca intacta y las relaciones de poder no se transformen, los pedacitos seguirán cayendo sobre las mismas de siempre. Necesitamos que caiga completo. 

*Escritora de clóset. Ha dedicado su vida a temas de género, feminismos y sus cruces con la vida misma. Estudió un Doctorado en Política Pública y dirige Gender Issues fue Directora del Programa de Género de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey en donde coordina los diplomados de género.  Trabajó en Palladium Group-USAID en género e inclusión social y después se fue a la Escuela Federal de Formación Judicial como Secretaria Técnica de Derechos Humanos. Hoy combina la escritura, la consultoría y la docencia. 

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@tatianarevilla

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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