Por Thelma Elena Pérez Álvarez*

Este año, durante el Foro de Davos, emergió un discurso inquietante, no solo por lo que describe, sino por lo que implica: el orden mundial tal como lo conocimos ya no existe. Se erosionó lentamente —como advirtió el primer ministro canadiense Mark Carney— por una ficción colectiva. Una ficción parecida a la que describió a través de Václav Havel (1978) en El poder de los sin poder: sistemas que no sobreviven por su legitimidad, sino porque millones de personas actúan cada día como si fueran verdaderos.

Para Carney, el riesgo mayor es la normalización de la simulación: apelar a un sistema que ya no funciona equivale a “vivir dentro de la mentira” cuando gobiernos y corporaciones siguen hablando de cooperación, multilateralismo y libre comercio mientras participan activamente en un entorno de coerción económica y rivalidad estratégica.

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En contraste, mencionó que vivir en la verdad es nombrar la realidad y actuar con coherencia y asumir que el antiguo orden internacional es ahora un sistema en el que grandes potencias utilizan la integración económica como coerción. Asimismo, aplicar los mismos estándares a todos los actores y crear instituciones que funcionen como se describe.

Frente a las ideas de Carney, Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, mencionó que el mundo no vive una ruptura, sino una encrucijada con varias alternativas, donde el aprovechamiento de la inteligencia artificial puede inclinar la balanza hacia impulsar el crecimiento global o profundizar de manera radical la desigualdad.

Ambos discursos dialogan, jerarquizan temas y trazan una fracción del nuevo mapa del

poder: Carney nombra el conflicto político; Lagarde describe el dilema tecnológico. Uno habla del fin de la ficción del orden; la otra de la ilusión de neutralidad de la innovación.

Este diálogo deja ver que el dominio se juega en infraestructuras digitales, centros de

datos, algoritmos, estándares tecnológicos y flujos de información. Y es aquí donde

interesa situar parte de la complejidad que implica considerar el papel de la IA en el

supuesto nuevo orden mundial.

La IA es una herramienta no únicamente económica; es también un dispositivo cultural

y político. En concreto, quienes programan los algoritmos de la inteligencia artificial

generativa reproducen y traducen poder, valores, intereses y desigualdades históricas.

De este modo, amplifican sesgos y filtros. Deciden qué narrativas circulan, qué cuerpos

son visibles, qué lenguas son reconocidas y qué datos se consideran valiosos. A la vez,

fomentan la desinformación, la polarización, encubren procesos de razonamiento, dificultan la transparencia y la rendición de cuentas. En este contexto, el respaldo de Claudia Sheinbaum al discurso de Carney adquiere una relevancia estratégica, no únicamente por el posicionamiento de México como potencia intermedia y el reconocimiento de la necesidad de diversificar alianzas comerciales, sino porque el desafío va más allá del comercio.

Ante este nuevo orden mundial impulsado por la IA, quienes administran el aparato estatal mexicano tendrían que asumir la situación actual de problemas estructurales decisivos (impunidad, corrupción, violencia y vulnerabilidad de los derechos humanos), tanto para vivir en la verdad —según Carney— como para inclinar la balanza hacia el crecimiento o profundizar de manera radical la desigualdad —de acuerdo con Lagarde.

Cualquiera de las dos opciones anteriores implicaría reconocer la conexión de estos problemas estructurales con tensiones que son igualmente importantes; algunas de ellas son la dependencia tecnológica y la desigualdad digital interna del país. Mientras se consumen plataformas, modelos y sistemas diseñados fuera del territorio, y no se genera soberanía de datos, infraestructura ni marcos regulatorios propios, hay amplios sectores que permanecen excluidos del acceso, la alfabetización y la capacidad de incidencia tecnológica.

De igual manera, las disputas narrativas y energéticas; al tiempo que en foros globales y plataformas digitales se disputan significados esenciales (democracia, migración, violencia o desarrollo) y la inteligencia artificial exige electricidad, agua e infraestructura; el país continúa atravesado por conflictos socioambientales no resueltos.

Como advirtió Carney, el sistema persiste porque muchos siguen actuando como si funcionara. Y como señaló Lagarde, aludiendo al Mago de Oz, “ya no estamos en Kansas”, lo cual podría sugerir que las normas anteriores ya no aplican. Vivir en la verdad, para México, implica reconocer sus limitaciones, admitir que la IA no generará progreso por sí misma; que la diversificación comercial no garantiza autonomía; y que la neutralidad es compleja y debatible.

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*Thelma Elena Pérez Álvarez es docente en comunicación digital, publicidad y marketing en universidades de España y México. Trabaja activamente para que el Estado mexicano garantice el derecho humano a la alfabetización mediática e informacional.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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