Por Vania Pérez Morales
En 1995, dos chocolates Toblerone pusieron fin a las aspiraciones de una mujer que estaba a punto de convertirse en primera ministra de Suecia. Treinta y un años después, en México, ni los escándalos multimillonarios de corrupción ni las graves irregularidades que involucran a funcionarios públicos parecen suficientes para provocar consecuencias políticas.
La distancia -no sólo geográfica- entre ambas historias, es inmensa. Es una distancia entre dos formas de entender el poder, la responsabilidad pública y los límites de lo que la ciudadanía está dispuesta a tolerar.