Por Veka Duncan
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Que no cabe en un sujeto 

tanta muerte en una vida 

tanto dolor en un muerto. 

Sor Juana Inés de la Cruz 

Para desentrañar los orígenes del Día de Muertos, es fundamental entender la espiritualidad en el México colonial,  pues fue durante el virreinato cuando se establecieron las  celebraciones de Todos los Santos y los Fieles Difuntos. Estas festividades religiosas fueron importadas de la Europa medieval y son el primer antecedente como tal de lo  que hoy llamamos Día de Muertos. 

Desde sus inicios, en el catolicismo ha existido una proliferación de santos y mártires, tantos que, con el paso del  tiempo, fueron cayendo en el olvido tanto sus nombres como  sus milagros. Esto preocupó a los religiosos, planteando la  necesidad de una fecha para recordar a todos aquellos santos anónimos, la cual fue instaurada oficialmente como el 1  de noviembre en el siglo VII por el papa Gregorio III. Hacia el siglo xiv, a consecuencia de la epidemia de peste bubónica, se definió que el 2 de noviembre se dedicaría a los  Fieles Difuntos.

Como veremos más adelante, la historia de las epidemias está íntimamente ligada a la historia del Día de Muertos; ya que fue particularmente relevante para el México colonial y del siglo xix. La muerte era parte de la vida  cotidiana para la sociedad novohispana. Azotadas por la  enfermedad y las hambrunas, a la merced también de las  inclemencias de la naturaleza, como inundaciones y sismos, las personas que habitaban lo que entonces se conocía  como la Nueva España se enfrentaban a su propia mortalidad de una forma mucho más contundente de lo que  jamás podríamos imaginar en el siglo xxi. A esta realidad se sumaba la religiosidad católica impuesta a partir de la Conquista, para la cual las fiestas jugaban un papel central en la vida espiritual y social. 

Para el siglo xvi, el Concilio de Trento (de 1545 a 1563)  impactó de forma significativa en la festividad de Fieles  Difuntos, ya que estableció que los católicos podían obtener  indulgencia si atendían a las parroquias en esta fecha, idea  que llegó desde luego a la Nueva España. La costumbre se  arraigó con la instauración del Purgatorio en la cosmovisión  católica, de manera que, para evitar la permanencia de sus difuntos en este, los deudos acudían a los templos a rogar  por sus almas en este día. Como parte de la conmemoración era común adornar con motivos alusivos al luto, no  sólo las iglesias, sino también las calles y casas. Rápidamente  se convirtió en una fecha tanto para recordar a los difuntos  como para reflexionar sobre la muerte en sí misma. 

Aunado a esto, en México la idea del Purgatorio se  afianzó a medida que la evangelización iba ganando terreno a lo largo del siglo xvi. A la llegada de los primeros frailes misioneros había una interrogante sobre la condición anímica de los pobladores indígenas; es decir, se cuestionaba si eran seres con alma. Al definir que efectivamente contaban con una y que esta debía ser salvada, la noción del Purgatorio cobró fuerza como posible explicación para el estado en el que se debían encontrar  antes de su encuentro con el catolicismo. 

Otra práctica surgida en el medievo cobró popularidad  en estas fechas: las reliquias. Se trata de restos u objetos  de personas santificadas, desde cabello, uñas, piel e incluso  huesos, hasta pertenencias que hayan estado en contacto  directo con su cuerpo. Estas adquirieron una gran trascendencia para la vida religiosa y contar con ellas en  los templos se consideraba de mucho prestigio.  Se organizaron expediciones para procurarlas, se  saquearon tumbas y se comerciaba con ellas. Para  contenerlas, se crearon relicarios, piezas de un  destacado trabajo artístico que se exhiben en los  templos y, en ocasiones, eran paseados por las  calles en procesiones. Nació también la tradición de las peregrinaciones a sitios que resguardan estos restos considerados milagrosos. La celebración de Todos los Santos se convirtió en una de las más importantes en cuanto a la exhibición de reliquias, esto como una forma de honrar a los santos y pedir  su intermediación. Todas estas prácticas permearon también de este lado del Atlántico. 

No es de extrañar que su uso como objetos de veneración, e incluso de cura de males, llevara al surgimiento de  reproducciones, sobre todo durante las misas de Todos los  Santos. De esta manera, en esas fechas en las inmediaciones  de las iglesias se podían adquirir figuras de huesos ya sea  en panes o en dulces de pasta de almendra o de azúcar, como el alfeñique, lo cual era muy popular en la Plaza Mayor de la capital mexicana. Esto no era exclusivo del México colonial, de hecho, lo más probable es que se tratara de otra  costumbre importada, pues estos huesos de golosina se producían en otros países católicos, como Italia y España,  donde incluso en algunas regiones se siguen produciendo; sin embargo, es cierto que a esta tradición se le atribuye el origen del pan de muerto y de las calaveras de azúcar. 

Con el paso de los años, esta tradición llevó a la fiesta  y la vendimia a las calles durante los días 1 y 2 de noviembre, cuando los fieles atendían los templos, tanto para honrar a los santos como a los difuntos. Con el paso del tiempo  también se fue haciendo costumbre que se colocaran mercados callejeros y ferias durante estas celebraciones religiosas. A la par de las fiestas que se popularizaron como  parte del calendario litúrgico, la muerte misma se convirtió en un espectáculo público. Así como se hacían procesiones religiosas, los funerales también se llevaban a cabo  con desfiles de hasta cuatro o cinco días, sobre todo cuando el difunto era una persona de gran relevancia para el ámbito político o religioso, como virreyes y obispos. Sus cuerpos —momificados, para evitar que el proceso de putrefacción interrumpiera las celebraciones públicas— eran exhibidos en las calles y plazas durante esas procesiones  hasta llegar a las iglesias donde serían velados formalmente. En estos casos, los ritos funerarios eran a su vez una  ostentación de poder. Y el arte era uno de los principales  mecanismos para hacer de ellos una puesta en escena que  no dejara duda de la autoridad del difunto en turno. La  arquitectura efímera se convirtió en un elemento central de las prácticas mortuorias, con la construcción de catafalcos y túmulos dentro de las iglesias. Estas eran altares creados con materiales poco duraderos, como madera, en forma escalonada y solían estar decorados con pinturas alusivas a la muerte y versos que referían a la fragilidad de la vida. Era común también colocar en ellos velas y flores. Estas estructuras bien podrían considerarse el antecedente  de los altares que hoy decoran tan festivamente nuestras celebraciones del Día de Muertos. 

El único ejemplo que perdura hasta nuestros días de  estos túmulos funerarios es el de Toluca, construido por  frailes carmelitas. Ahí, la parca aparece en distintas escenas  que se acompañan con poemas. En estas obras artísticas, las calaveras reinan sobre los vivos, sin importar su condición social o virtudes:

 

A ninguno perdona la cruel Parca del Racional; el Bruto fue temida al Viejo Sella, y a la niña Marca, del Águila y del León es Fericida; 

de todo triumpha [sic], y en carro abarca quantos despojos le quitó la vida; por esso ostenta Sceptros y Bastones, Tiaras, Capelos, Mitras y Pendones. 

* 

El tiempo corre de Suerte 

que, a su Curso por Voraz 

no le iguala ni el más fuerte 

mas le apuesta y dexa atrás 

en su Carrera la Muerte. 

* 

Los libros desquadernados, 

que encierra la Sepultura 

son de la maior Cordura 

continuamente Estudiados: 

pasados, y repasados 

enseñan a meditar 

quanto importa al esperar 

entre los muertos vivir, 

pues da luz para morir 

la Vela en el acabar.

La mayoría de estas costumbres también tienen su origen en la Europa medieval, cuando la muerte y sus ritos  se cristianizaron. Se comenzaron a difundir tablas y esculturas con el tema de la transición entre la vida y la muerte,  se embalsamaban corazones, se hacían exhibiciones de  cadáveres y se realizaban pompas fúnebres. Los entierros,  por su parte, se volvieron una práctica vinculada a la iglesia. En la Nueva España estos se hacían ya sea dentro de  los templos o en sus atrios. De esta manera, los atrios de  las iglesias se convirtieron en camposantos, antecedente  de los cementerios, pues la inhumación en las casas no estaba permitida en el catolicismo —aunque la tradición  perduró en algunas zonas de fuerte arraigo indígena—. 

Las danzas macabras son otra expresión cultural relacionada a este tipo de túmulos funerarios y de cierta forma  todavía perviven en nuestras celebraciones actuales en  torno a los difuntos. Se entiende por danza macabra o danza de la muerte tanto a poemas como representaciones  visuales alusivas a la muerte, mostrándola siempre en comunión con los vivos y, particularmente, en entornos festivos donde las calaveras celebraban su triunfo sobre la vida  —literalmente llevándose al baile a los vivos—. En todas  sus representaciones, ya sea en verso o en pintura, la muerte  sale victoriosa, razón por la cual a este motivo se le conoce  también como el triunfo de la muerte. El túmulo funerario  o catafalco antes mencionado es un ejemplo típico de cómo  se representó este motivo. 

Nuevamente, vemos la impronta de las crisis sanitarias,  pues también surgieron como una reacción a la epidemia  de peste que asoló a Europa en el siglo xiv. De esta manera  podemos decir que el aspecto festivo del Día de Muertos  tiene también su antecedente en estas expresiones culturales traídas de Europa que, al viajar a América, se adoptarían como propias y cobrarían nuevos significados. Así, es probable que los versos que conocemos como calaveritas tengan en las danzas macabras su antecedente más remoto,  adaptadas aquí al particular sentido del humor mexicano. No sería descabellado pensar que, debido a la importante  presencia de imágenes relacionadas a la muerte en el arte  prehispánico, sobre todo de cráneos y esqueletos descarnados, hubo una asimilación muy natural del imaginario del  triunfo de la muerte en el proceso de hibridación cultural que dio como resultado a la sociedad novohispana. Más allá de sus aspectos estéticos y poéticos, e incluso  de su potencial cómico, las danzas macabras tenían como  propósito comunicar mensajes moralizantes, particularmente en torno a la inevitabilidad de la muerte, la cual  puede llegar en cualquier momento, y su carácter de igualadora social, ya que no discrimina entre ricos y pobres. Es decir, la muerte nos llegará a todos y debemos estar preparados para recibirla. En este mismo orden de ideas, la  sensibilidad barroca popularizó otro género, sobre todo  pictórico, que cumplía con la misma función reflexiva: los vánitas. Estas obras de arte le proponían al espectador dos caminos, la vanidad de la vida terrenal y material, o la espiritualidad de la vida divina, con el objetivo de que eligieran el segundo, y por lo tanto, el de la fe católica y sus  buenas costumbres. 

Esto también explica otra práctica de origen europeo  que cobró gran relevancia en la Nueva España: el buen  morir. Para ello, se aplicaban los sacramentos de la confesión, la comunión y extremaunción, además se practicaban novenarios, sufragios y honras correspondientes a tres momentos: el proceso de enfermedad-agonía-muerte, el entierro y el duelo. Es así como surgen también los Ars Moriendi, una suerte de manuales que preparaban a los difuntos para la muerte. Los servicios funerarios, las exequias, limosnas y misas posteriores también representaban un apoyo al bienestar del alma del difunto tras la muerte  física, ahora con el sentido de encaminarla hacia la eternidad. Esta noción sigue presente en muchos de los ritos  funerarios del México actual y resuena en las tradiciones  del Día de Muertos: el cuidado de las almas al momento  de morir es todavía fundamental en muchas regiones para  garantizar su regreso cada mes de noviembre.

Con la incorporación del calendario litúrgico católico y la imposición de nuevas tradiciones funerarias en la  Nueva España, surge un proceso de hibridación de las  prácticas indígenas y las creencias católicas en el que encontramos coincidencias que propiciaron un proceso de  sincretismo que, de cierta forma, ha llegado a nuestros días: un imaginario mortuorio representado en el arte, la manifestación pública de la muerte como fiesta, la visita a la iglesia donde los difuntos están enterrados, la creación de  altares y ofrendas, y la creencia de que al alma se le debe  garantizar el buen morir para que pueda hacer su tránsito  al más allá y con ello volver a convivir con los vivos.


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