Por Yessica de Lamadrid
Durante décadas aprendimos —con razón— a nombrar la discriminación como un fenómeno vertical: el poderoso oprimiendo al vulnerable, el centro expulsando a la periferia, la norma castigando la diferencia. Esa lectura permitió visibilizar injusticias históricas y corregir asimetrías reales. Pero como todo concepto que se vuelve dogma, dejó de revisarse. Y cuando eso ocurre, el lenguaje deja de explicar la realidad y comienza a deformarla.
Hoy asistimos a un fenómeno menos visible, pero igual de corrosivo: la discriminación ejercida desde el resentimiento, legitimada por la herida y justificada por la desventaja percibida. No es un invento retórico ni una exageración ideológica. Es una práctica social cotidiana. A eso, aunque incomode, hay que llamarlo por su nombre: discriminación inversa.
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