Por Yohali Reséndiz
Hace un año ya, el 25 de marzo, en la Cámara de Diputados no se votaba sólo un procedimiento legislativo: se ponía a prueba algo mucho más incómodo, la coherencia de un discurso político que se llena la boca hablando de mujeres, pero que en la práctica se quiebra cuando el poder está en juego.
Ese día, en la Cámara de Diputados, la Sección Instructora, integrada por tres diputados y una diputada, determinó que no procedía el desafuero de Cuauhtémoc Blanco; no porque se hubiera demostrado su inocencia, sino porque la carpeta enviada por la Fiscalía de Morelos estaba incompleta. Todo indicaba que había sido integrada por el fiscal que acababa de salir.
Lo que siguió no fue un debate técnico: fue una escena que retrata con precisión quirúrgica cómo opera la protección del poder en México.
Cuauhtémoc Blanco subió a tribuna, se dijo inocente, se dijo chantajeado, y mientras hablaba, diputadas —sí, diputadas— subieron a respaldarlo con una consigna que todavía resuena por lo que significa:
“No estás solo”.
No era una frase cualquiera, sino una toma de postura. Era hacer público de qué lado estaban. Y mientras eso ocurría, hubo una voz incómoda, aunque congruente.
La diputada morelense Meggie Salgado pedía algo básico, algo que en cualquier discurso feminista se repite como mantra, pero que ese día se volvió incómodo para muchas:
Aplicar la perspectiva de género. Dar la razón a la víctima como primer paso. No absolver, no condenar, sino investigar.
Pidió algo aún más elemental: que Cuauhtémoc Blanco se separara del cargo, que con licencia enfrentara la investigación sin el escudo del fuero.
“El que nada debe, nada teme”.
Meggie Salgado nunca lo juzgó ni condenó y, por ello, hubo un costo político. Porque mientras ella pidió fortalecer la investigación, otras diputadas hacían lo contrario: cerraban filas, blindaban, arropaban al presunto agresor. Mientras a una le apagaron el micrófono, a él sí le dieron tribuna.
Pero además, a un año de distancia, hay un elemento que no puede ignorarse.
Existen documentos oficiales firmados por la propia diputada Meggie Salgado, fechados el 10 de marzo de 2026, otros de junio del año pasado dirigidos tanto al Fiscal General del Estado de Morelos como a la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno del estado, en los que solicita información puntual sobre el estado de carpetas de investigación, diligencias realizadas y posibles determinaciones dentro de expedientes relacionados con denuncias y faltas graves como desvío de recursos, cohecho, peculado y conflicto de interés.
Mientras unas gritaban “No estás solo”, otra legisladora estaba solicitando por las vías legales información, seguimiento y claridad institucional.
A un año nos seguimos preguntando:
¿Por qué desechar una carpeta incompleta en lugar de robustecerla?
Todos fuimos testigos de la protección de un personaje político. El discurso feminista quedó pulverizado; la congruencia no tuvo quórum.
Se aproxima el final del segundo año legislativo, de una legislatura de mayoría de mujeres. ¿Será que se va a concluir sin la integración de la carpeta pendiente? ¿Dónde está eso de la perspectiva de género?
“No estás solo”. “No estás solo”. “No estás solo”.
Una frase en la que cabe todo: contradicción, cinismo y renuncia.
Porque cuando una mujer con poder decide respaldar a un hombre acusado sin exigir siquiera que enfrente una investigación sin privilegios, no sólo toma partido: traiciona una causa.
Por eso es importante subrayarlo: la diputada morelense Meggie Salgado no pidió una condena ni un linchamiento; pidió un proceso, piso parejo.
Un año después, la escena sigue intacta.
El expediente, el discurso y las lealtades.
Pero también la memoria. Porque esta vez, una frase lo definió todo:
“No estás solo”.
Y efectivamente, no lo está. Y eso es exactamente el problema de raíz.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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