Por Adriana Sandoval
Cada enero ocurre el mismo ritual: sacamos una libreta nueva o una nota en el celular y escribimos, con una solemnidad que ya quisieran los tratados internacionales, nuestros propósitos de Año Nuevo. Comer mejor. Hacer ejercicio. Dormir más. Ser más disciplinados. Más ordenados. Más todo.
Y, curiosamente, los propósitos se parecen mucho a los del año pasado. Y al anterior. Y al anterior. No porque no queramos cambiar, sino porque la sensación de estar atrapados en nuestros errores y flojeras se repite con puntualidad casi suiza. Cambia el año, pero no siempre cambian las listas.
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