Por Adriana Sandoval 
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Resulta que cada cosa que pasa en la política yo la leo en idioma de alimentos, hábitos, sensaciones, calorías vacías, ingredientes que no reconoces y especias que, bien usadas, pueden crear experiencias memorables… o una indigestión colectiva.

Cuando era niña no había muchas opciones. No importábamos muchos alimentos, no había anaqueles infinitos ni productos con nombres impronunciables. Y aun así, nuestros sabores eran profundos, complejos, memorables. Limitados, sí, pero reales. Después nos viciamos. Dulces importados, pasteles de cajita, colores brillantes que prometían felicidad inmediata y sabían a otra cosa: A laboratorio, a nostalgia mal entendida.

Con la democracia pasó algo parecido. Durante años no supimos que había otras opciones. No porque no existieran, sino porque no estaban disponibles. Y cuando no conoces, no extrañas. No eliges. Solo consumes lo que hay.

Un día decidimos. Y supimos que así estaba mejor. Llegaron más partidos, más voces, más posibilidades. Como con la comida: convivieron los ingredientes nuevos con nuestra cultura política. Nadie tuvo que renunciar al mole para probar sushi. La diversidad, cuando es auténtica, no desplaza: enriquece.

Pero aquí viene el dato incómodo, el que no cabe en el slogan: En nutrición sabemos que no todo puede coexistir. No se puede promover salud pública con una dieta basada en ultraprocesados. No es falta de voluntad, es diseño del entorno.

En política pasa exactamente lo mismo. No pueden convivir la represión con la libertad. La concentración del poder con la democracia. La eliminación de contrapesos con la paz social. Esos sabores no combinan. No importa cuánto te digan que sí. El cuerpo y el país lo resienten.

Datos duros: Cuando se debilitan las instituciones autónomas, cae la confianza ciudadana. Cuando se polariza el discurso desde el poder, aumenta la violencia simbólica y real. Cuando se reduce la pluralidad, se empobrece la toma de decisiones. No es ideología, es evidencia. Como en nutrición: cuando quitas fibra y proteína, el pico de azúcar llega rápido… y el choque también.

Me preocupa lo que viene. Me preocupa tener que contarles a mis nietos, si algún día los tengo, que hubo un tiempo en el que votar servía. Que existían árbitros que no jugaban el partido. Que no había una brecha tan profunda de odio entre clases sociales, como si la pobreza y el privilegio fueran identidades morales y no consecuencias de políticas públicas.

Tal vez también les cuente que cuando era chica no había dulces importados. Y que, como no los conocíamos, no los extrañábamos. Pero hay una diferencia crucial: los dulces son prescindibles. La democracia no.

No quiero contar historias de lo que perdimos y ya no podemos darles. No quiero ser la que diga “antes había instituciones”, “antes había diálogo”, “antes había límites”. Quiero contar historias de lo que se cuidó, de lo que se defendió, de lo que se entendió a tiempo.

Porque en nutrición y en democracia pasa lo mismo: cuando normalizas lo dañino, te lo venden como inevitable. Y cuando por fin notas que el menú es cada vez más pobre, ya te dijeron que eso y solo eso es libertad.

El problema no es probar cosas nuevas. El problema es que te quiten la cocina, elijan por ti los ingredientes y todavía te pidan que aplaudas el sabor.

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@adriasandoval

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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