Por Adriana Sandoval 

Hay días en que el hambre no viene del estómago.

Se instala en otro lado: en el silencio de la casa, en el eco de un mensaje que no llegó, en la costumbre de cenar frente a una pantalla porque no hay con quién compartir la mesa. Ese tipo de hambre no se sacia con comida, pero insistimos en intentarlo.

Porque comer también acompaña.

Nunca te deja en visto. Nunca cancela. Nunca dice “luego hablamos”. Está ahí, puntual, disponible, obediente. Y en un mundo donde la disponibilidad emocional escasea, la comida se vuelve una presencia confiable.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.