Por Adriana Sandoval
Sentirte presa en tu propio cuerpo. Vivir atrapada en cómo te ves, cómo te vistes, si tienes arregladas las uñas o no. Ser una imagen antes que un ser de carne y hueso. Reducirte —o que te reduzcan— a arrugas, tallas y versiones “light” de ti misma.
Hay una cárcel silenciosa que no tiene barrotes, pero sí espejos.
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