Por Alina Rohach
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Desde fuera, Ucrania suele aparecer como una sucesión de titulares, cifras abstractas y escenas de destrucción. Pero la vida real ocurre en otro plano, mucho más íntimo y difícil de explicar: el de las conversaciones familiares sobre si regresar o no a casa; el de los niños que aprenden a reconocer sonidos que nunca deberían conocer; el de quienes siguen celebrando cumpleaños, abriendo pequeños negocios o plantando flores frente a edificios dañados.

La guerra no suspende la vida dentro del país; la obliga a transformarse. Se mide en rutinas interrumpidas y vueltas a armar: en la mesa puesta aunque falte alguien, en el mensaje de “avísame cuando llegues”, en la costumbre de mirar el cielo con una atención que antes no existía. Lo que antes se entendía como estabilidad ha sido sustituido por una adaptación constante a nuevas rutinas, nuevas prioridades, nuevas formas de apoyo y por la necesidad de aprender a convivir con la incertidumbre sin permitir que paralice el presente.

Es indispensable reconocer que Ucrania es víctima de una agresión ilegal. Pero quedarse solo con esa idea no alcanza para entender a su gente. Quienes visitan el país suelen sorprenderse porque, junto al cansancio visible, persiste una determinación firme de seguir adelante, de no reducir la existencia a la lógica del conflicto.

Millones de personas han vivido desplazamientos, separaciones familiares y la pérdida de certezas. Las investigaciones psicológicas muestran que estas experiencias afectan inevitablemente la salud mental, pero también activan mecanismos de adaptación que permiten encontrar sentido incluso en medio de la crisis. En este contexto, la resiliencia es una práctica cotidiana de los ucranianos. Es levantarse temprano después de los ataques nocturnos, desayunar y prepararse sin electricidad ni agua, ir a trabajar a tiempo, etc.

Esa capacidad se expresa tanto a nivel individual como en el tejido social. La experiencia ucraniana de los últimos años suele describirse como un proceso de maduración colectiva, doloroso pero transformador. Junto al duelo, ha surgido una conversación profunda sobre la responsabilidad compartida en la construcción del presente y del futuro.

Un ejemplo claro fue el último invierno, uno de los más duros. Durante semanas, la vida cotidiana estuvo marcada por cortes intermitentes de electricidad y calefacción. En Kyiv, una capital europea de millones de habitantes, la electricidad podía desaparecer en cuestión de minutos, dejando edificios enteros sin agua ni calefacción. Con temperaturas bajo cero, dormir o trabajar con varias capas de ropa se volvió parte de la rutina.

La electricidad llegaba a veces solo por unas horas, a menudo de madrugada. Muchas personas adaptaron su vida a ese ritmo: levantarse de noche para ducharse, cargar dispositivos o cocinar antes del siguiente apagón. Los hospitales funcionaban con generadores, las escuelas alternaban entre clases presenciales y remotas, y estudiar significaba a veces hacerlo teniendo frío y con la conexión inestable.

Sin embargo, incluso en esas condiciones, la vida colectiva no se detuvo. Vecinos que se organizaban para calentarse juntos, espacios municipales de refugio, trabajadores energéticos reparando redes bajo riesgo constante. Cafés y pequeños negocios seguían abiertos cuando podían, muchas veces gracias a generadores ruidosos y costosos.

A pesar del cansancio, la sociedad sigue creando sentido. Iniciativas comunitarias, proyectos culturales y nuevas formas de cooperación muestran que la crisis también puede convertirse en un espacio de reinvención. Quizá por eso quienes visitan Ucrania hablan menos de destrucción y más de la gente. Suelen sorprenderse precisamente por la capacidad de sostener vínculos y reconstruir la vida social incluso en los momentos más difíciles. Porque, al final, un país es ante todo una comunidad.

Es natural que el mundo se canse de sentir compasión. Toda crisis prolongada pone a prueba la atención global, también en América Latina, donde otras urgencias ocupan el centro del debate público. Pero mirar a Ucrania solo con lástima es perder de vista otra parte de la historia: la de una sociedad que sigue creando, trabajando, enamorándose, imaginando.

Por eso, la pregunta sobre por qué lucha Ucrania trasciende la geopolítica. Tiene que ver con algo profundamente humano. Se trata del derecho a una vida previsible, a la libertad, a la continuidad cultural y a la posibilidad de imaginar el futuro sin imposiciones. De ahí la aparente paradoja de una sociedad profundamente cansada que, sin embargo, sigue siendo extraordinariamente resiliente.

Ucrania hoy es la historia de personas que, en circunstancias extremas, siguen aferrándose a lo que todos reconocemos como vida. Y tal vez ahí esté el punto de encuentro con cualquier lector. Porque más allá de fronteras, todos sabemos lo que significa intentar proteger lo cotidiano. En Ucrania, ese esfuerzo se repite cada día. Vivir, a pesar de todo. Resistir. Y seguir imaginando el futuro.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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