Por Karina Zinyak*
El 8 de diciembre de 2024 recibí un mensaje de mi amiga siria: «Nunca en mi vida hubiera pensado que más de una década de sufrimiento acabaría en menos de dos semanas». El régimen de los Al-Assad, que empezó con el gobierno de Háfez al-Assad en 1971 y estuvo en el poder durante más de 50 años, cayó. Dos fuerzas rebeldes islamistas, en un plazo de cinco días, terminaron conquistando la ciudad más poblada del país y un centro estratégico: Alepo. Días después, los insurgentes finalmente llegaron a la capital, donde cientos de soldados se rindieron en Damasco y prisioneros de la histórica cárcel de Sednaya fueron liberados.
Posteriormente, las calles de Madrid (donde estudio actualmente) se llenaron de la bandera de la revolución siria, que anteriormente era la bandera oficial del país cuando Siria obtuvo la plena independencia tras el mandato francés. Yo estaba ahí. Reconozco que soy una persona que se emociona con demasiada facilidad con estas escenas: ver cómo familias enteras se abrazan, personas que durante toda su vida vieron a su país bajo un régimen llorar de alegría, una comunidad entera viviendo algo que veía imposible. Es una de las escenas más crudas y emocionantes que puedes ver.
Sin embargo, entre esa alegría ajena que, de alguna manera, también sentía mía, había algo que no me dejaba saborear esa felicidad del todo: ¿qué pasará ahora? Estos años de conflicto dejaron a Siria destruida; millones de personas siguen viviendo entre las ruinas del pasado, buscando a sus seres queridos que fueron secuestrados por el régimen y sin saber si están vivos o muertos. Años de torturas, ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, miles de refugiados… ¿de verdad los culpables van a quedar impunes? Esta pregunta no me es ajena: es la misma que tanto yo como millones de ucranianos nos hacemos cada día.
Porque Rusia, antes de invadir a gran escala Ucrania, hizo ensayos en Siria: bombas y misiles cayendo sobre la población civil, ataques contra hospitales con armas químicas, lanzamiento de cloro desde helicópteros sobre viviendas, torturas, asesinatos y mutilaciones por parte de los mercenarios del Grupo Wagner al servicio del Kremlin. En 2015, cuando el régimen de Bashar al-Assad estuvo a punto de caer, el Kremlin desplegó sus tropas y aviones para apoyarlo, llevando a cabo una de las campañas más sangrientas que ha vivido el país hasta el momento. La ciudad de Alepo quedó en ruinas; expertos comenzaron a denunciar los ataques como crímenes de guerra, pero se quedaron ahí: en denuncias.
En 2014, Rusia y China utilizaron su poder de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para impedir la rendición de cuentas en Siria y rechazar la resolución propuesta por Francia y Lituania para remitir la situación a la Corte Penal Internacional.
Rusia tomó nota: si puede bloquear cualquier mecanismo de justicia con el veto, si el mundo lo permite, ¿por qué no aplicar el mismo modus operandi en Ucrania? Y así fue: Siria sirvió para aprender a utilizar armamentos de forma eficaz; se practicaron tácticas como ataques aéreos contra áreas civiles en ciudades densamente pobladas para generar crisis migratorias y despoblar territorios. De hecho, según Jennifer Cafarella, jefa de gabinete del Instituto para el Estudio de la Guerra, las tropas que estuvieron en Siria son las que han tenido mayor éxito en Ucrania.
Otra gran similitud es el falso humanitarismo. Durante la guerra en Siria, Rusia ofreció en varias ocasiones ayudas humanitarias, como corredores humanitarios, con el fin de ganar tiempo para reconfigurar sus tropas, mejorar su logística y preparar nuevos ataques. Esto guarda un claro paralelismo con las negociaciones con Ucrania y Occidente, donde el tiempo se utiliza como herramienta estratégica.
Sin embargo, existe una diferencia clave entre la injerencia de Rusia en Ucrania y en Siria. Mientras que en Siria intervino para sostener al régimen de Al-Assad y proteger intereses estratégicos como sus bases en el Mediterráneo, la invasión de Ucrania responde a una lógica más profunda: para Vladimir Putin, ni Ucrania, ni su pueblo, ni su cultura existen. En julio de 2021, el presidente ruso publicó el artículo «Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos», donde sostiene que “los rusos y ucranianos eran un solo pueblo”, negando la existencia de una nación ucraniana. Para Putin, los ucranianos no tenemos derecho a existir. ¿Por qué sigue habiendo impunidad para alguien que pretende borrarte?
La impunidad no es un error inevitable: es una herramienta estratégica. Envía el mensaje de que no hay consecuencias reales para la agresión y abre la puerta a otros actores con ambiciones revisionistas, creando un mundo donde prevalece la ley del más fuerte.
Assad cayó, pero sin consecuencias reales al huir a Rusia. ¿Cuántos Alepos, Buchas, Mariúpol, Bajmut o Volnovakha necesitamos más para entender que la impunidad es inaceptable y que debe tener límites?
*Karina Zinyak – es ucraniana, integrante del equipo del Transatlantic Dialogue Center (TDC) en el programa de Cooperación para España y Latinoamérica y estudiante de último año del grado de Relaciones Internacionales en la Universidad Rey Juan Carlos, Madrid.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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