Por Angélica de la Peña G.
No bastó que la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (CPEUM) fuese reformada para incorporar el derecho de las mujeres al voto y a ser votadas en 1953. No fue suficiente que en 1974 se reformara de nuevo la CPEUM para establecer que “el varón” y la mujer son iguales ante la ley. Todavía en la elección federal de 1979, aún con la primera y trascendental reforma electoral, los jefes de familia en zonas indígenas llegaban a votar con todas las papeletas electorales de “sus” mujeres.
La transición histórica de esas papeletas electorales, a la institucionalización de la credencial con fotografía y la autonomía del organismo electoral que se logró en 1996, alentó también la participación de las mujeres. Según datos del INE, en la elección de 1997, la primera con la nueva credencial con fotografía, la participación de las mujeres fue de 57.7%; en la elección del 2000 votaron 63.1%; en la elección del 2012 fue 68.5%; en la del 2018 aumentó a 72.1%.
Aún con el voto, prevaleció la exclusión de las mujeres en los encargos públicos. El androcentrismo era la característica de quienes detentaban la conducción del Estado, aspirar a un cargo público o a una candidatura era cosa de hombres.
Las mujeres al ámbito privado y doméstico, a ser madres y buenas esposas; y los hombres en los espacios de poder, de conducción del Estado. Hacedores de las normas y las leyes, los hombres excluyeron a las mujeres endilgándoles el estereotipo de “sexo débil”. Toda la información visible e invisible desde las estructuras de poder político, social, religioso y familiar, ha marcado culturalmente a las mujeres desde pequeñas a ser débiles, emocionales, sentimentales, lloronas, superficiales, manipulables y dependientes.
La política era cosa de hombres porque, dicen, son capaces, fríos, racionales, inteligentes, fuertes y protectores, son confiables.
Que el Presidente Lázaro Cárdenas haya guardado en 1937 el decreto que otorgaba el voto a las mujeres en lugar de publicarlo en el Diario Oficial de la Federación reflejó los obstáculos y cómo el conservadurismo sistémico patriarcal veía a las mujeres. Hasta 1953 el Presidente Ruiz Cortines concretó el reconocimiento del voto de las mujeres y su derecho a ser votadas.
Sin embargo, una cosa era votar, y otra concretar el derecho a ser votadas.
26 años después de la reforma constitucional por primera vez una mujer llega a una gubernatura: Griselda Álvarez (Colima 1979).
En la reforma electoral de 1996, se recomienda inscribir el 30% de las candidaturas a mujeres. Ante el fracaso de la recomendación que ningún partido atendía, se reformó en 2002 la Ley para obligar al registro de no más del 70% de un género y no menos del otro género. Posteriormente se aprueba la obligación del 40/60, y devino la histórica sentencia 12624 de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación que obligó a los partidos a registrar en un mínimo de 40% con fórmulas de mujeres propietarias y suplentes, evitándose la simulación de que en las suplencias los partidos políticos inscribieran a hombres, obligando a las propietarias a renunciar.
Con mayor presencia de mujeres legisladoras en el Senado y en la Cámara de Diputados, se impulsa en la reforma electoral del 2014 la obligación de los partidos a inscribir el 50% de fórmulas de mujeres en todos los congresos locales y en las dos cámaras del Congreso de la Unión. En 2019 se aprueba la Paridad en Todo, que establece la paridad obligatoria en candidaturas legislativas, en los tres órdenes de gobierno, en el Poder Judicial y también en organismos autónomos.
Sin embargo, con la mitad de mujeres en los congresos, ¿cómo nos explicamos que en la Cámara de Diputados se haya tergiversado el Anexo 13 del Presupuesto de Egresos de la Federación diseñado para incluir políticas públicas a favor de las mujeres y hoy etiquete programas distintos? O que no se proceda contra señores diputados acusados de violencia contra las mujeres, y se escuchen los gritos de diputadas “no estás solo” en pleno recinto parlamentario a un Cuauhtémoc Blanco que se pavonea entre sus colegas. Ese es el dilema actual del que, sin duda, debemos hacernos cargo.
La diferencia de que llegue una mujer a un espacio de poder y sepa qué hacer porque sabe que representa a otras, a una mujer que sólo sigue la línea de su dirigente y la ínfula de su cargo sin ninguna trascendencia, tiene que ver con la conceptualización sobre qué significa empoderarse y trabajar para eliminar todas las formas de discriminación contra las mujeres. Saber que no está sola, y que debe acompañarse de otras en la hazaña. Porque se trata de un asunto de justicia.
Es la diferencia de la paridad numérica, y la concreción de la Igualdad sustantiva.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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