Por Aribel Contreras*
No había necesidad de atacar a Irán, había una oportunidad. Así fue la decisión del inquilino de la Casa Blanca de atacar a Irán. ¿Pero existía una amenaza clara, latente, argumentada y evidenciada para hacerlo? La oportunidad sí, aunque la amenaza fuera "fortalecida" con narrativas provenientes desde Beit Aghion (la residencia oficial del Primer Ministro de Israel). Esto no significa que Teherán no representara una amenaza para Washington y Tel Aviv, sino que, si estaban en rondas de negociación —la última fue dos días previos en Ginebra— y el canal de comunicación estaba abierto a pesar de no llegar a un acuerdo aún, esto hubiera podido dar un margen político amplio de maniobra para tomar la ruta de la diplomacia y así posiblemente llegar a un acuerdo nuclear entre ambas partes. Pero decidir atacar sin que ninguna de las partes se hubiera "levantado de la mesa" es como cuando aún no terminas de comer en un restaurante y te llevan la cuenta (con el obvio distanciamiento en la proporción del ejemplo con esta terrible situación).
En derecho internacional existe una línea delgada entre una guerra de necesidad y una guerra por elección. Un ataque preventivo, donde un país decide atacar primero derivado de una concentración de movimientos militares en su contra, se considera legítimo. Mientras que un ataque disfrazado de "preventivo", en el que el poderoso golpea al más débil, se considera ilegal. Pero... ¿Irán es débil? En capacidad militar no, ya que, de acuerdo con el ranking Global Firepower 2026, este país de Asia Occidental se ubica en la posición 16 en cuanto a su arquitectura bélica aérea, terrestre, naval y de soldados.
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