Por Bárbara Tijerina
La Casa Blanca difundió un video que no busca únicamente informar, sino construir un relato de poder.
El material contrasta dos momentos: declaraciones públicas de Nicolás Maduro y, posteriormente, su detención y extracción por fuerzas estadounidenses. El montaje no es casual. Es narrativo.
En la primera parte, el discurso aparece como siempre: Maduro sobreactuado, enfático y provocador.
En la segunda, el lenguaje cambia por completo. Maduro es mostrado con antifaz y audífonos. No se trata solo de un detalle operativo: es aislamiento sensorial.
La reducción de estímulos visuales y auditivos coloca al detenido en una condición de vulnerabilidad psicológica y dependencia absoluta de quienes lo custodian.
La imagen es poderosa porque no necesita subrayarse. Un líder que ejercía autoridad pasa a una posición de control total por parte de otro Estado.
El mensaje no se verbaliza: se observa, y es contundente.
En las tomas se distinguen las siglas de la DEA en la vestimenta de un agente. Ese encuadre cumple una función clave: institucionaliza la acción. No es improvisación ni exceso; es procedimiento legal.
Otro elemento cuidadosamente incluido es la botella de agua que Maduro sostiene al salir. El gesto comunica respeto a necesidades básicas y apego a protocolos humanitarios. Incluso en la demostración de fuerza, se cuida la forma. El poder no aparece como abuso, sino como control regulado.
El cierre del video es igualmente significativo. Marco Rubio aparece hablando en tono sereno, sin estridencia, desplazando el protagonismo hacia Donald Trump. La escena no busca intimidar; busca afirmar autoridad.
El subtexto es claro: este liderazgo no se basa en halagos ni advertencias vacías. Cuando se dice algo, se ejecuta.
Más tarde se muestra otro video de Maduro caminando, ya cambiado de atuendo, en el que dice “feliz año nuevo”. La calma que proyecta es la de quien sabe que tiene una salida pactada.
El poder más efectivo no humilla ni explica: reencuadra. Este video no es propaganda; es una lección de control simbólico. El mensaje es claro: quien grita pierde autoridad; quien actúa, la ejerce. Lo demás es ruido.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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