Por Bárbara Tijerina
“El amor entra por los ojos”, dice el dicho popular.
Y no está tan equivocado.
Antes de cualquier promesa, antes de cualquier palabra, el sistema visual ya decidió si se acerca o se protege. La pupila se dilata, la atención se afina, el cuerpo se inclina.
El amor no empieza cuando se declara.
Empieza cuando el cuerpo se dispone hacia el otro.
SUSCRÍBETE PARA LEER LA COLUMNA COMPLETA...