Por Brenda Estefan
Para analizar eventos geopolíticos conviene dejar de lado las pasiones ideológicas, porque suelen nublar la capacidad de analizar con claridad. Venezuela es hoy un recordatorio incómodo de ello.
La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ha generado reacciones previsibles —y profundamente selectivas— en ambos extremos ideológicos. Desde ciertos círculos de la derecha se defiende a ultranza lo ocurrido, sin cuestionar la violación de Washington al derecho internacional ni el uso de la fuerza como instrumento para ordenar la región. Desde algunos sectores de la izquierda, en cambio, se prefiere mirar hacia otro lado frente al daño devastador que el régimen de Maduro ha infligido a Venezuela, olvidando que sigue en el poder tras haberse robado las elecciones del 28 de julio de 2024. Más de 18 mil presos políticos, más de 36 mil víctimas de violencia y tortura estatal, al menos 465 asesinatos durante protestas y cerca de nueve millones de venezolanos forzados al exilio son hechos que ninguna lectura debería relativizar.
Lo ocurrido la madrugada del sábado 3 de enero no admite lecturas ingenuas: no se trata de una lucha democrática, sino del regreso de la Doctrina Monroe, ahora con un corolario trumpista que reafirma a América Latina como esfera de influencia directa de Washington.
Para que no haya desilusionados, no debe haber ilusos. Washington no está comprometido con una transición liderada por la oposición. Con razón, los casi nueve millones de venezolanos en el exilio festejaron el sábado en diversas ciudades del mundo, pero tras la rueda de prensa de Trump —en la que el presidente afirmó que su gobierno está en contacto directo con la vicepresidenta Delcy Rodríguez, quien ha tomado el control del país, y aseguró que ella está dispuesta a hacer lo que Washington considere necesario para volver a “hacer grande a Venezuela otra vez”—, esos comentarios, sumados al tono con el que Donald Trump se refirió a María Corina Machado —aludiendo a su falta de apoyo interno y sin el menor gesto de respaldo político—, resultaron reveladores.
En entrevistas a diversos medios, Marco Rubio, el Secretario de Estado estadounidense ha hablado de que se trata de un periodo de transición. EE.UU. busca mantener en pie las partes centrales del sistema —administración, Fuerzas Armadas, redes de control, pero bajo un liderazgo dispuesto a cooperar con Washington. Por ahora, no estamos ante una ruptura de fondo con el régimen, sino frente a una reorganización ordenada del poder. No es aún un cambio ideológico, sino administrativo: de la dictadura de Chávez a la de Delcy Rodríguez, esta última con protección a los intereses estadounidenses.
No obstante, conviene ser cautelosos. Delcy Rodríguez no ha confirmado públicamente estar en comunicación con Washington y, si bien la calma, por ahora, en Caracas sugiere algún tipo de entendimiento entre la Casa Blanca y la ahora líder venezolana, aún pueden surgir pugnas internas dentro del chavismo. Las predicciones apresuradas suelen fallar y, por ahora, hay muchas preguntas sin respuesta.
En el escenario internacional, contra intuitivamente lo ocurrido, puede resultar una buena noticia para Rusia y China. Aunque pierdan a un aliado estrategico en América Latina, la normalización del uso de la fuerza para ordenar esferas regionales refuerza las narrativas de Moscú en Ucrania y de Pekín respecto a Taiwán. Si Washington legitima este comportamiento en su vecindario inmediato, difícilmente podrá deslegitimarlo en otros escenarios estratégicos.
El mensaje también es observado con atención por países que han sido blanco de presiones o amenazas explícitas de Washington. Desde Dinamarca —por Groenlandia— hasta Irán o Colombia, el episodio venezolano hace creíble el que Estados Unidos está dispuesto a recurrir a instrumentos de fuerza para perseguir sus objetivos geopolíticos.
Este marco ayuda a explicar por qué líderes como Claudia Sheinbaum o Emmanuel Macron optaron por posiciones públicas menos duras que las de sus partidos o gobiernos. Ningún presidente quiere provocar a Trump innecesariamente, consciente de lo que hoy está en juego en la escena global y en la relación con Washington. Para París, la prioridad es mantener abiertas las conversaciones sobre Ucrania. Para México, el reloj corre: en pocos meses se revisará el T-MEC, en pleno año electoral estadounidense y con una Casa Blanca cada vez más cómoda con la coerción. El peso económico de México ofrece margen de maniobra, pero no inmunidad.
El 2026 ya se perfilaba como un año convulso, pero no hicieron falta semanas ni meses para comprobarlo: bastaron los primeros días del año para anticipar que este año no no ofrecerá estabilidad ni certezas, pero sí realismo en esteroides.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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