Por Claudia Pérez Atamoros
Nací en los sesenta. Y a los 22 años, cuando una se cree invencible, me dio sarampión. No fue una estampita infantil. Fue una invasión. Por suerte, no fue mortal. Cuarenta grados de fiebre. La piel ardiendo. La cabeza latiendo. La comezón que raya la locura. La diarrea. La sed inútil. Y la fotofobia. Esa luz que se vuelve cuchillo. Esa necesidad de cerrar cortinas a plena tarde. Ese cuarto que está en penumbra porque cualquier luz, acuchilla la cabeza y la vista; lastima como si te raspasen los ojos por dentro.
Y el aislamiento. Porque el sarampión no solo enferma: te convierte en foco de contagio. Te vuelves un peligro ambulante. No es una gripe. No es “tápate las ronchas”, “que no pasa nada”. Sí pasa y mucho. Es uno de los virus más contagiosos que existen.
SUSCRÍBETE PARA LEER LA COLUMNA COMPLETA...