Por Claudia Pérez Atamoros
Ahí el horror no necesita máscaras. Los niños dicen que quieren ser padrotes. Las niñas dicen que quieren ser esposas. Y la sociedad dice que no sabía nada. Es el mismo modelo. Solo cambia el paisaje.
Tenancingo es nuestra isla. Y llevamos décadas fingiendo que no existe.
Nos estremece la imagen de una isla: Little St. James. Palmeras, mansiones, vuelos privados, niñas invisibles… Una geografía del horror tan clara que permite señalarla con el dedo y decir: ahí, allá, no aquí.
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