Por Claudia Pérez Atamoros
A Jonathan Swift y su modesta proposición,
con las debidas adecuaciones presupuestales.
En un país muy, muy lejano, donde las parejas se prometían amor eterno, el pueblo había adquirido una costumbre bastante gandalla: meterse en los asuntos del corazón cada vez que no le cuadraban las cuentas del dinero público.
Una falta de sensibilidad imperdonable ante los delicados asuntos de la transversalidad afectiva.
Bastaba que un enamorado recibiera unos fajos, que una señora defendiera al marido o que un proveedor resultara demasiado cercano para que comenzaran las preguntas impertinentes. Que de dónde había salido. Que quién lo había autorizado. Que cuánto había costado.