Por Consuelo Sáizar de la Fuente
Toda época se complace en anunciar su propio ocaso. Cuando se transforman los instrumentos que sostienen las ideas, cuando su circulación se acelera o su acceso se democratiza, reaparece de inmediato la profecía reconfortante: la lectura ha muerto, la cultura se degrada, el espíritu se trivializa. Es un error antiguo, casi ritual.
Lo que agoniza no es la lectura. Lo que agoniza, en todo caso, es una determinada jerarquía de la lectura: sus rituales de escasez, sus fetichismos de clase, sus aduanas geográficas, sus dogmas sobre el soporte «legítimo».
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