Por Patricia Conde Juaristi
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/170.4

Antes, en la infancia, llorar era sencillo: los motivos se deshacían al derramar algunas lágrimas. Con el tiempo descubrí que la mayor parte de esos motivos se quedaron a habitar para siempre en mi corazón. Quizá por eso, a veces, porque sí, un recuerdo lejano y desconocido me atrapa y me obliga a escucharlo con estos oídos que ahora ya no me sirven más que para eso. Instintivamente, me cubro las orejas para mitigar el reproche que me inflige el recuerdo, pero entonces se convierte en aire y entra por mi nariz.

El desconcierto de lo que no se entiende es el mayor misterio. La sinrazón, el desasosiego de lo que no hablo, es un fantasma contra el que lucho sin armas.

Oigo el sonido de la puerta al cerrarse. La llave me encierra en mi propia preñez. Yo también me estoy gestando en esta soledad en la que me dejas ahora.

Me levanto y miro la tarde lluviosa.

Entre fantasmas, distingo tu andar, tu sombrero, tu porte. Nadie más te mira, solo yo. Solo estás en mis ojos. Te alejas con paso calmado, con el cuello de tu gabardina levantado, no porque llueve, sino para que llueva, tus manos dentro de las bolsas, en este gesto tuyo. Cuánto envidio a esa gabardina que ahora te cubre, te arropa y a la que tú no dejas ir porque la tienes abrazada entre esas manos que acariciaban mi rostro hace tan poco tiempo que aún siento el calor en mis mejillas, en mis párpados.

No volveré a verte por un tiempo. Lo sé.

Estamos solo ella y yo, frente a esta ventana, mirando cómo llueve quedo. Nunca te volviste para mirarme; después me contaste que tú también llorabas. Quizá sea cierto, pero tengo una natural desconfianza que me obliga a creer que no querías arrepentirte, como lo hiciste después.

Junto a nosotras está la tarde gris y húmeda. Ya no hay gente.

Me fui de allí. Cerré para siempre.

Cuando tú me buscaste hasta encontrarme de nuevo, tus ojos ya no eran mis ojos, tus labios habían cambiado el mohín, tu andar era más seguro. No usabas la gabardina.

—¿Qué quieres, Feliciano? ¿No ves que ya no es posible?

Unas manos entristecidas repasan mi cuerpo marchito. El desamor se nota en los movimientos lentos de quien no tiene adónde ir.

Aquella vez, flexioné las piernas y las estreché contra mi vientre para emparejar las sonoridades de ese corazón que apenas nacía para quedarse conmigo.

El aire pasaba entre mis cabellos resoplando como un caballo cansado.

Mis ojos, desobedientes, independientes, comenzaron a derramar un líquido caliente que rodaba por mis mejillas hasta alcanzar los labios, y probé su sabor salado y viscoso.

Ahora solo estoy yo, sin ella, sin ti, sin la lluvia, repasando con tristeza este cuerpo envejecido, desnudo, flexionado, en una cama que no reconozco, con la mirada transparente del agonizante.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.