Por Patricia Conde Juaristi
Piedad era alta y corpulenta. Su aspecto saludable y su fortaleza eran como los de un animal en brama. Le metieron el corazón a fuerzas. Las cicatrices de una viruela negra le dieron a su rostro un color disparejo que la hacía verse entre ingenua y rencorosa. Se pasó su niñez llevando y trayendo cubetas de agua del río a la pileta de su casa.
Cuentan que cantaba. Que cantaba bien y que a lo mejor por eso se fijó Don Gabriel en ella. Él necesitaba una hembra que acabara de criar a sus hijos ya nacidos y le diera una nueva camada para rejuvenecer. Ella no había encontrado marido y aceptó sin remilgos.