Por Patricia Conde Juaristi
Un zumbido ligero penetra en mis oídos. Distingo una luz apagada, amarillenta, en la que se mueve una sombra. Detente, le digo. Detente un momento. Quiero hablar contigo. Tengo dudas, toda mi cabeza está revuelta, adolorida. ¡Ayúdame! Necesito salir de este lugar. Dame una mano y jálame. Hay lodo por todos lados. Me hundo y la oscuridad es cada vez más profunda. Sombra, sombra buena, no te vayas. No tengo con quién hablar. Me he quedado sola. Mis yemas tocan las rugosidades de las piedras. Me he caído muchas veces y me ha brotado sangre, aquí, ¿ves? No me duele, sólo me entristece, no sé por qué.
Me siento a reflexionar sobre la piedra, en este rincón, donde cae un rayo de luz muy tenue. No resuelvo nada. Pronto se hace de noche y los murciélagos inician su danza nocturna. Me rozan la cabeza y chillan. No me molestan sus chillidos, al contrario, de alguna manera, me alegran. Por lo menos, están vivos. Y eso necesito, alguien que me acompañe. Sombra, sombra, no te vayas. Si no quieres, no me contestes. Pero no te alejes. No encuentro la salida. No sé dónde estoy. Tampoco tengo frío, cosa contradictoria en esta profunda oquedad. Quizá mañana, si me acompañas, podremos vernos a la cara. Sí. Tengo ganas de conocerte y preguntarte. Dirás que qué quiero saber. Nada, realmente, sólo quiero hablar.
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