Por Patricia Conde Juaristi
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Hay una sombra fuera de mi ventana. No. No es una sombra. En el techo se mueve un punto negro. No entiendo por qué se pasea. Ahora me rodea. Cierro los ojos.   

La primera vez que la vi, yo era muy pequeña. Pero es la misma, lo sé. La Sombra. Aquella vez se acercó y me susurró al oído: «Morirás pronto». No sentí temor; sentí, más bien, una suerte de descanso. Al fin y al cabo, tenía por fin la certeza de una muerte temprana. 

Sombra amada, ¿por qué me abandonaste? ¿Por qué me mentiste? ¿O es que querías consolarme en esas largas noches de agonía prematura en las que los vapores de eucalipto se levantaban vigorosos en medio de mi cuarto? ¿Querías consolarme en mi soledad tan sola? 

Su presagio no se cumplió. Por una incomprensible razón he llegado a esta primera muerte que es la vejez. Con el paso de los años apareció el cansancio, la brutalidad del día a día, el hartazgo de la rutina, la invisible sangre vertida gota a gota.  

 Hoy, antes de ver la sombra, me miré en el espejo. Y ahí estoy yo: vieja, endurecida, cansada, habitada por un sinnúmero de diminutos alfileres que me punzan la carne, causándome un perpetuo dolor minúsculo que no mata.  

Recuerdo mi cuarto de infancia, lleno de sábanas blancas que colgaban de mecates sostenidos con clavos en las paredes. Dos ollas inmensas sobre sendas parrillas hervían el agua sin descanso; a veces impregnadas de eucalipto y, otras, con cantidades enormes de Vick VapoRub. Escenas repetidas hasta el infinito en mi niñez. Mi única compañía eran los pocos libros que había en la casa. Las visitas estaban prohibidas, por lo que mis hermanos solo se asomaban de vez en cuando para ver si yo seguía allí, entre los vapores.  

Durante aquel encierro, me acostumbré a escribir mis días en un pequeño cuaderno cuya caligrafía iba cambiando conforme yo crecía. Con el tiempo, los pensamientos se volvieron más concretos e intrincados. No me molesta la soledad; antes bien, la propicio. Decidí dejar el mundo afuera, y es por eso que a veces siento el espanto de ser olvidada. Es un miedo lento.   

Recuerdo muy poco y sin claridad lo que he vivido. Todo ha quedado suspendido en una suerte de paisaje lejano. En él, escucho suave la voz de Aretha Franklin cantando *«You Make Me Feel»*, mientras salgo de la tumba sin flores que me aloja. Nadie trae flores, nunca. Es una tumba sola, desierta, sin nombre.  

¡Ay, Sombra! Solo tú eres fiel. ¿Me seguirás siempre? ¿Qué significa «siempre»? Me confundo. Las fechas se han convertido en números sin sentido; signos que danzan en un pentagrama sin notas.

Me abandonan las fuerzas. Suelto la pluma que sostengo entre mis dedos. Reclino mi cabeza sobre el escritorio, donde se ha volcado el tintero. Sumerjo en la tinta las yemas de mis dedos y acaricio mi cara, trazando un dibujo abstracto que desvela mi verdadero rostro. 

Te miro, Sombra, reflejada en ese espejo negro donde tú y yo nos fundimos y, por primera vez, descubro que me miras con mis propios ojos.  

Mis manos negras emprenden un viaje líquido, interminable.   

La tinta negra forma una mancha brillante, tersa, suave. Se convierte en un abundante río, sólido y negrísimo, como un inusitado trozo de obsidiana tallado con preciosismo hasta quedar liso: un abismo perfecto en el que me hundo sin resistencia, entregando por fin el peso de mis huesos gastados. 

El frío del exterior se disipa. Ya no siento los alfileres bajo mi piel, ni el peso de las fechas vacías, ni el eco de la música que me llamaba. El río de tinta se eleva y lo cubre todo con su manto protector: las sábanas blancas, el vapor de mi infancia, el cuaderno de hojas cansadas. 

Sombra mía, espejo mío. Al fin nos hemos alcanzado en el reverso de este espejo. Nos fundimos en una sola pincelada oscura. Al fin, la noche entera. Al fin, el silencio.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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