Por Desiré Navarro
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Hablar de la Reforma electoral en México sin consignas es incómodo, pero necesario. La democracia no se juega solo cada tres o seis años: se juega en lo cotidiano. En cómo nos informamos, en lo que toleramos, en lo que dejamos pasar “porque siempre ha sido así”. El sistema electoral es la columna vertebral de ese pacto mínimo: que el poder se gane en las urnas y no a gritos, billetes o amenazas.

En ese contexto, el voto sigue siendo una pregunta abierta: ¿derecho, obligación o simulación de participación? Es un derecho porque costó décadas de lucha arrancarlo de manos del gobierno en turno. Es una obligación cívica en el sentido más profundo: si no decides, otros deciden por ti. Pero también corre el riesgo de volverse simulación cuando muchos sienten que “da igual quién gane”: cuando las opciones parecen reciclaje de élites, cuando la desigualdad convierte la libertad de elegir en un lujo y cuando la compra y coacción del voto siguen siendo prácticas toleradas. Una reforma electoral que abarate costos pero encarezca la desconfianza, que simplifique estructuras pero complique la vigilancia ciudadana, puede terminar profundizando esa sensación de simulacro.

Para las mujeres, la discusión es aún más delicada. La paridad y el reconocimiento de la violencia política de género no fueron regalos del sistema, sino conquistas frente a partidos, poderes fácticos y prácticas patriarcales enquistadas. Hoy hay reglas que obligan a que los partidos postulen mujeres, que sancionan a quienes las agreden o las expulsan de los espacios de decisión. Cuando se propone debilitar al árbitro electoral, se tocan también los pocos mecanismos que han permitido que esas reglas se cumplan. Un árbitro sin dientes no solo es incapaz de frenar trampas electorales clásicas; también se vuelve incapaz de proteger a las mujeres que compiten en condiciones todavía desiguales, en contextos donde la violencia verbal, digital y física es parte del costo de atreverse a participar.

La ciudadanía está cansada, harta de partidos, de pleitos interminables y de promesas incumplidas. Ese cansancio es comprensible, pero también es terreno fértil para el autoritarismo suave, ese que avanza no con pasos, sino con aplausos. El riesgo no es solo que cambien reglas técnicas; es que normalicemos que cualquier mayoría coyuntural pueda rediseñar, a su antojo, el marco que debe limitarla.

Pensar en voz alta, cuestionar, leer la letra chiquita de las reformas, exigir datos y no eslóganes, no es un lujo de especialistas: es una forma de defensa democrática. No se trata de idealizar al sistema actual, lleno de defectos, sino de entender que demoler sin cuidado el andamiaje electoral puede salir más caro que reformarlo con paciencia, rigor y, sobre todo, con ciudadanía vigilante.

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@DesireeNavarro

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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