Por Diana Murrieta*

En México, las violencias contra las mujeres rara vez comienzan con el feminicidio. Comienzan mucho antes: con el control disfrazado de amor, con los primeros insultos, con la vigilancia constante, con las amenazas que nadie toma en serio. Y casi siempre, cuando el feminicidio ocurre, hay un hilo conductor que lo atraviesa todo: el Estado ya había sido advertido.

En los últimos días hemos visto nuevamente cómo las instituciones fallan en lo más básico: proteger a quienes ya están en riesgo. Casos de mujeres que solicitaron medidas de protección y no las recibieron, de autoridades que minimizaron denuncias, de agresores que pueden seguir actuando con total libertad. Y después, cuando la violencia escala, cuando se convierte en feminicidio, el discurso institucional se llena de condolencias y de promesas de justicia.

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