Por Edith Ruiz Gastélum*
“Está en la meno…” La frase suele decirse con media sonrisa, como si fuera un diagnóstico menor o una excusa incómoda. Durante años, la menopausia se convirtió en una etiqueta: mujer irritable, mujer exagerada, mujer difícil. Un insulto envuelto en normalidad.
Pero lo verdaderamente incómodo no es la menopausia. Es lo que no se dice de ella. Porque mientras se reduce a un tema de carácter o de humor, el cuerpo está atravesando uno de los cambios más profundos de toda su vida. Y lo hace, en la mayoría de los casos, sin acompañamiento, sin información y, peor aún, sin prevención.
La menopausia no es una enfermedad. Es un proceso fisiológico inevitable. Llega —con suerte— alrededor de los 50 años, cuando ha pasado un año desde la última menstruación. Pero el verdadero proceso empieza mucho antes: hasta siete años previos, con síntomas que muchas veces se ignoran o se normalizan.
Bochornos, insomnio, ansiedad, cambios de ánimo, resequedad, pérdida de cabello. Sí, todo eso. Pero lo más importante no es lo visible. Es lo silencioso.
Porque mientras el cuerpo se adapta a la caída de estrógenos, ocurre algo mucho más relevante: el sistema cardiovascular empieza a cambiar. Y no para bien.
Las arterias se endurecen. El colesterol “malo” aumenta y se vuelve más agresivo. El “bueno” disminuye. Los triglicéridos suben. La grasa se acumula en el abdomen, y no es cualquier grasa: es inflamatoria. Se instala la resistencia a la insulina. Aparece la prediabetes. Después, la diabetes. La menopausia no solo transforma el cuerpo: redefine el riesgo. Y ahí está el dato que incomoda: en México, la principal causa de muerte en mujeres no es el cáncer, son las enfermedades cardiovasculares.
Pero nadie habla de eso cuando alguien dice “está en la meno”.
La conversación se queda en los síntomas, no en las consecuencias.
Y las consecuencias son profundas. La aterosclerosis —el depósito de grasa en las arterias— avanza lentamente durante años. No duele. No se siente. Pero cuando aparece, lo hace de golpe: un infarto, un evento cerebral o, en el peor de los casos, una muerte súbita.
La menopausia, en ese sentido, es una línea divisoria. Antes de ella, el cuerpo tiene cierta protección hormonal. Después, ya no.
Por eso esta etapa no es el final de algo. Es una advertencia. Y también una oportunidad.
Porque aunque el daño puede acumularse, también es el momento en que se puede intervenir. No con soluciones mágicas, sino con decisiones concretas.
Moverse más, pero no de forma simbólica: al menos 150 minutos a la semana de actividad física, combinando ejercicio aeróbico con ejercicios de fuerza para preservar la masa muscular.
Comer mejor, no menos. Apostar por patrones de alimentación como la dieta mediterránea o, en nuestro contexto, la dieta de la milpa: natural, balanceada, baja en ultraprocesados y con menor carga de sodio.
Dormir bien, entre siete y nueve horas, porque el descanso también regula el metabolismo.
Dejar de fumar, si se hace, y reducir el consumo de alcohol.
Tratar el estrés, la ansiedad y la depresión. Utilizar técnicas mindfulness, yoga, meditación, terapia u otras alternativas.
Y, sobre todo, vigilar lo que no se siente: presión arterial, niveles de glucosa y colesterol. Porque lo que no duele, también mata.
Suena básico. Lo es. Y, sin embargo, no se hace.
Más del 80% de las mujeres en México alrededor de los 50 años tienen sobrepeso u obesidad. Es decir, llegan a esta etapa ya con factores de riesgo acumulados.
Ahí es donde la menopausia deja de ser un proceso natural y se convierte en un punto crítico.
En algunos casos, la terapia de reemplazo hormonal puede ser una herramienta útil. Puede aliviar síntomas y, dependiendo del momento en que se inicie, tener efectos neutros o incluso positivos en el metabolismo.
Pero no es una decisión automática.
Durante años se utilizó sin criterios claros y se asociaron riesgos importantes, sobre todo en mujeres mayores. Hoy se sabe que su uso debe ser individualizado, evaluado y acompañado por especialistas. No basta con consultar a un ginecólogo: es necesario entender el estado real del corazón.
Porque si las arterias ya están dañadas, la terapia puede ser más riesgo que beneficio.
Y ese es otro problema: llegamos tarde.
La menopausia no debería vivirse en silencio ni en resignación. Debería ser una etapa acompañada, informada y, sobre todo, atendida desde una perspectiva integral.
No es un tema de carácter. Es un tema de salud.
Y, en muchos casos, es la última oportunidad de intervenir antes de que el cuerpo deje de avisar… y empiece a cobrar factura.
Porque cuando las arterias se enferman, el proceso es difícil de revertir.
Por lo pronto el mensaje debe ser fuerte y claro: cuida tu corazón mujer.
*Edith Ruiz Gastélum es Vicepresidenta de AMPAC (Asociación Mexicana de Prevención de Aterosclerosis y sus Complicaciones)
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

Comments ()