Por Edmée Pardo
El lenguaje está vivo. Es elástico: se recrea, se expande, se contrae, se multiplica, desaparece. No es un objeto neutro ni un simple vehículo de comunicación. El uso y desuso de ciertas palabras responde a una época, a una visión del mundo, a relaciones de poder y de sumisión. Puede parecer una moda o una corrección superficial, pero cada vez que una palabra entra o sale de circulación, muchos hilos invisibles se ponen en movimiento. El riesgo es alto, porque el lenguaje da forma al pensamiento, a la memoria, a la alegría y al dolor. Cuando el lenguaje se empobrece, el mundo también lo hace.
George Orwell lo enunció con claridad en 1984. En la novela, los habitantes del Estado totalitario están obligados a usar la neolengua (Newspeak), un idioma nuevo que no es un simple cambio de vocabulario, sino una herramienta de control mental. El poder que entra por el habla escala hasta el pensamiento. La neolengua se diseña para comunicar menos. Si no existen las palabras para una idea, esa idea se vuelve impronunciable y, con el tiempo, impensable.
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