Por Edmée Pardo
Me puse necia. Lo reconozco. No pude argumentar más porque lo tomé personal y ladré, no para fundamentar mi posición sino para replicar con fiereza. Sucedió en una sobremesa de las vacaciones navideñas, el vino había corrido y las emociones estaban exaltadas: criticábamos a la 4T y a la Presidenta, evidentemente mucha tela de donde cortar y coincidir. Pero cuando alguien dijo que otra de sus estupideces era nombrar a la corregidora con su nombre de pila, disentí. En eso sí estoy de acuerdo, dije. Sentí que me empezaban a apedrear.
Hubiera querido decir con toda tranquilidad que nombrar no es un gesto neutro, que las mujeres hemos sido nombradas como posesión, extensión y apéndice de otros. Que el uso del apellido del marido para identificar a una mujer no es una simple convención social: es una práctica que ha contribuido a borrar autorías, diluir trayectorias y subordinar identidades. Por eso vale la pena llamar a las mujeres por sus nombres propios, incluso cuando la historia las haya registrado de otro modo.
SUSCRÍBETE PARA LEER LA COLUMNA COMPLETA...