Por Edmée Pardo
A mi familia llegó un bebé, con su nacimiento nacieron los padres, bisabuelos, abuelos, tíos, primos y algunos curiosos que gozan con la vida renovada. Estas vacaciones, las primeras que él y nosotros, pasamos juntos, estuvimos pendientes de cada gesto y cada quien, sin querer queriendo, lanzó sus expectativas y ansiedades: el parecido, lo grande, lo inteligente, lo bien humorado, los alimentos, el tiempo aproximado para que gatee sin control, cuándo y cuál será su primera palabra. A ese respecto vamos en monólogos larguísimos de bababababa. Yo, la tía abuela que nació con ese niño y que es promotora de la lectura, le he presentado el entusiasmo por los libros. Compré un par antes de su nacimiento, y desde el primer mes lo he fotografiado con el mismo libro que se llama Amarillo para ir registrando su crecimiento e interacción con un pequeño volumen de cartón que muestra objetos de color amarillo. Estamos en la fase de que un libro, también, es buenísimo si se lleva a la boca.
Mi idea no es que lea pronto, no comparto la obsesión adulta del bebé lector, solo quiero que conozca el objeto, acercarlo al mundo que existe entre las páginas. En Instagram hay cuentas como @toddlerscanread y @toddlersread.com, con miles de seguidores, centradas en la alfabetización temprana y recursos para ayudar a que los niños pequeños se acerquen a la lectura desde sus primeros pasos. La verdad es que no creo en las promesas de esos programas: ventajas cognitivas, mayor coeficiente intelectual y un futuro brillante. Esa tendencia no es nueva. Glenn Doman, pedagogo fundador del Instituto para el Desarrollo del Potencial Humano, impulsó la idea de que los bebés podían aprender a leer palabras completas mediante estimulación visual temprana. Más tarde, Makoto Shichida popularizó métodos similares, vinculados al desarrollo del hemisferio derecho del cerebro.
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