Por Farah Ayanegui*
“La terapia me enseñó a mirarme con honestidad, soltar y encontrar mi propósito para transformar mi vida y la de otros.”
Ir a terapia fue, para mí, como abrir una ventana en un cuarto donde llevaba años con las cortinas cerradas. Al principio había dudas, pero lo que sentí con el tiempo fue esperanza y, sobre todo, alivio. Cada sesión me ayudó a entender mis heridas y a sanar, poco a poquito, hasta sentirme mucho más ligera.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recuerda que la salud mental no es solo la ausencia de enfermedad, sino un estado de bienestar que nos permite aprender, trabajar, tomar decisiones y contribuir a la comunidad. En pocas palabras: es parte fundamental de lo que somos y de cómo vivimos.
Para mí, ir al psicólogo, es un acto de amor propio. Porque al sentarte frente a ti mismo en ese espejo que ofrece la terapia, reclamas algo fundamental, tu derecho a sanar.
Es reservar una hora de tu vida para ti, en medio de agendas saturadas, demandas externas y expectativas ajenas. Es decir: “mi historia, mis emociones y mis procesos son importantes”. Es atreverte a escuchar lo que has guardado por años, reconocer lo que pesa y empezar a soltar la carga.
La terapia terminó siendo más que un desahogo: se volvió un lugar seguro y me abrió caminos que ni imaginaba. Uno de ellos fue la terapia holística. No llegó por casualidad, sino como la consecuencia natural de mirarme y cuidarme. La certeza de querer experimentar con ella fue tan clara que decidí estudiar radiestesia y certificarme. Hoy sé que fue un estímulo que cambió el rumbo que quería darle a mi vida.
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