Por Farah Ayanegui*

“El propósito no se impone: se siente, se cuida y se deja crecer.”

Durante muchos años me relacioné con los propósitos de Año Nuevo como una lista bien pensada. Cada diciembre escribía al menos cinco objetivos posibles y alcanzables. Y sí, también hacía rituales: pedir viajes, que no faltara el dinero, la comida, un hogar donde vivir. Había ilusión, pero también una carga silenciosa de expectativa.

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