Tocar pasto

¿En qué momento nos clavamos tanto en polémicas políticas y olvidamos que el territorio -y cuidar de la naturaleza- también es político?

Tocar pasto
Frida Mendoza

Por Frida Mendoza
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De un tiempo para acá, la frase “te/le urge tocar pasto” ha tomado popularidad en twitter, o al menos en mi timeline. ¿Cuándo se usa esta frase? Cuando se estiró demasiado la liga de un tema y de pronto los argumentos y ataques en redes no paran de crecer. ¿En qué momento paras?

Como ya he compartido en otras ocasiones, los algoritmos de las redes sociales -sobre todo el de X o Twitter- busca este tipo de interacción que no se detiene y que en vez de ser constructiva, de pronto te encuentras peleando con @fulanito9475432134532134 sobre política, una quesadilla o lo que sea.

Ni hablar de lo que hemos vivido en los últimos meses ¿o años? de campañas políticas. Estamos por cumplir dos semanas de las elecciones y poco a poco se han calmado las aguas, al tiempo que otras comienzan a agitarse y de pronto vivimos en un mar de noticias incesantes, políticas urgentes, discusiones necesarias y personas agotadas.

Aún así, he tratado de tocar pasto. Tal vez no el real al vivir en esta ciudad pero he tratado de encontrar en viejos lugares seguros unos momentos para poner la cabeza en paz y al escribir esta columna caí en cuenta que durante este año, de los cuatro libros que he leído, tres tienen un vínculo con la naturaleza:

El primero fue Una ballena es un país, un poemario de Isabel Zapata que leí en un fin de semana en enero a la orilla del mar y ya con relatarlo suena poético. En la selección de poemas, Isabel nos cuenta la historia de la perra Laika o de Koko la gorila y su camino para aprender lenguaje de señas. Breve, con estructuras distintas, en el que aprendes de muchos de los animalitos que habitan en este planeta.

El segundo -hace dos semanas, justo al terminar las elecciones- fue Jardines Errantes de Tania Tagle. En el conjunto de ensayos cortos conocí un poco más a Rosa Luxemburgo, valoré a las rosas insumisas, me identifiqué con ser una persona que no ha tenido un jardín propio y el amor por las plantas, todo en medio de vivencias personales de la escritora y que de algún modo logró sacarme del bloqueo lector que traía luego de leer y releer tanta noticia que me gustaría que fuera ficción.

Una vez con el desbloqueo me encontré de nuevo con Cuando las mujeres fuimos pájaros de Terry Tempest Williams que llevaba meses en mi buró porque me había costado mucho trabajo continuarlo y me encontré con una prosa preciosa en vivencias totalmente distintas a las mías y que podría decir que no me identifico  -como su inmenso amor por las aves y a los paisajes desérticos de Utah siendo una joven mormona- y sin embargo me viví subrayando sus páginas por las metáforas que escribió sobre el cuidado a la naturaleza, la conservación de los bosques, el dolor de una pérdida, los silencios incomprensibles, pelear por un ideal, entre otras cosas.

Sin querer, la vida me llevó por narraciones cuidadas y orientadas en algún aspecto de la vasta naturaleza y toqué pasto metafóricamente, qué hermosa es la naturaleza.

¿Pero qué pasa con quienes no pueden tocar pasto en este momento? Y es que dejando a un lado la nota del chismecito político, la elección y sus declaraciones constantes, pienso que todo queda opacado si volteamos a ver las múltiples olas de calor que hemos vivido en el país, aderezadas de una contaminación brutal en las ciudades y la deforestación en bosques y selvas mientras una serie abrumadora de incendios arrecia en tantas regiones del país.

"No sabes la impotencia y lo abrumador que es escuchar como el fuego arrasa con todo, el viento, ese crujir de los árboles secos y de pronto sentir que se acerca más a donde vives", me dijo una vez una persona que amo mucho y la casa de su familia está en medio de una de las imponentes sierras mexicanas. No, la verdad no lo sé y quisiera que nadie lo supiera. 

Quisiera que nadie de Oaxaca, Michoacán, Chiapas, Veracruz, Jalisco, Edomex, Puebla o la propia Ciudad de México temiera por su hogar, por los animalitos que caen deshidratados, por la vida que se consume en el fuego.

México es gigantesco. Sus 138.7 millones de hectáreas con cobertura de vegetación forestal, repartida en bosques, selvas, manglares y paisajes áridos, nos dan una idea. Pero pienso que es urgente recordarlo, y en las últimas semanas miles y miles de hectáreas se consumen. Otro dato es que tan solo en dos estados -Oaxaca y Michoacán-, más de 120 mil hectáreas se han consumido en lo que va de este 2024 y cuatro de cada 10 incendios, según la Comisión Nacional Forestal (Conafor), son provocados y en la lucha por defender el territorio, también mueren personas -tan solo en 2023, 20 personas que defienden su territorio fueron asesinadas, y en el sexenio, 102. 

¿En qué momento exigir que tu territorio sea protegido, que no lleguen monocultivos o que el vuelo de las mariposas prevalezca se convirtió en una sentencia de muerte? ¿En qué momento nos clavamos tanto en polémicas políticas y olvidamos que el territorio -y cuidar de la naturaleza- también es político?

Es inevitable, y urgente, voltear a ver. Parar, sí, tocar pasto, también. Pero nunca, nunca, olvidarnos de que todxs tenemos derecho a tocar pasto.

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@FridaMendoza_

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.