Por Graciela Rock 

Cada vez que Irán, o cualquier otro país de “Medio Oriente” entra en crisis, Occidente reacciona con el mismo reflejo: mirar a las mujeres. No para escucharlas, sino para convertirlas en símbolo. El velo, el cabello descubierto, el cuerpo femenino en protesta vuelven a ser leídos como el inicio de una “revolución feminista”, como si la historia se moviera por gestos visuales fácilmente traducibles al lenguaje liberal del empoderamiento.Pero nombrar lo que ocurre hoy en Irán como una revolución feminista dice más de nuestras fantasías políticas que de la realidad iraní.

No porque las mujeres no estén ahí, por supuesto que lo están, de forma masiva y en resistencia, sino porque reducir una crisis política, económica y geopolítica a una narrativa de “liberación femenina” sin análisis histórico ni material reproduce la idea de que las mujeres musulmanas necesitan tutela internacional para ser salvadas. Lo que sucede en Irán no se reduce a quitarse el velo.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.