Por Graciela Rojas
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Una pregunta que hacemos con frecuencia a niñas, niños y jóvenes y que cada vez resulta más difícil responder: ¿qué quieres ser cuando seas grande?

Durante generaciones parecía una pregunta sencilla, con respuestas concretas: médica, ingeniero, maestra, arquitecta, abogado. Había profesiones reconocibles y caminos relativamente claros para llegar a ellas.

Hoy esta pregunta se la estamos haciendo a estudiantes que vivirán en un mundo laboral que todavía estamos tratando de imaginar.

La inteligencia artificial está transformando actividades que hasta hace muy poco parecían exclusivamente humanas. La transición energética está creando nuevas necesidades profesionales. La automatización modifica industrias enteras y seguramente muchas de las personas que hoy están en primaria o secundaria terminarán resolviendo problemas que todavía ni siquiera sabemos nombrar.

El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial estima que 39% de las habilidades que hoy utilizamos en el trabajo se transformarán hacia 2030. También calcula que, de cada 100 personas trabajadoras, 59 necesitarán procesos de capacitación o actualización antes de que termine esta década.

Entonces quizá estamos haciendo la pregunta equivocada. En lugar de preguntar solamente: “¿Para qué profesión debemos prepararles?”, tendríamos que preguntarnos: “¿Cómo debemos enseñarles a pensar para desenvolverse en un mundo que todavía no existe?”.

Ahí está, para mí, una de las mayores aportaciones de la educación STEM.

Porque STEM no consiste solamente en aprender más matemáticas, programar o construir robots. Significa desarrollar una manera de observar el mundo: hacer preguntas, conectar conocimientos, analizar evidencia, imaginar alternativas, experimentar, equivocarse, mejorar y encontrar soluciones a problemas reales.

Y eso importa incluso para quienes nunca serán científicas, ingenieros o especialistas en tecnología.

De hecho, las habilidades que están ganando relevancia cuentan una historia interesante. El pensamiento analítico continúa siendo la habilidad central más demandada por las empresas, mientras aumentan en importancia el pensamiento creativo, la alfabetización tecnológica, la resiliencia, la flexibilidad, la curiosidad y el aprendizaje permanente.

Dicho de otra manera, no podemos saber exactamente qué tendrán que hacer las y los estudiantes dentro de veinte años, pero sí podemos ayudarles a desarrollar las capacidades que necesitarán para descubrir cómo hacerlo.

Y entonces aparece una conversación que pocas veces tenemos.

Cuando hablamos de transformar la educación solemos dirigir la mirada inmediatamente hacia las escuelas, las autoridades educativas o las y los docentes. Por supuesto que tienen una enorme responsabilidad. Pero hay otro actor con muchísimo poder para acelerar el cambio: las familias.

Las transformaciones educativas también necesitan demanda social.

Las familias preguntamos por calificaciones, tareas, idiomas, actividades extracurriculares y resultados de exámenes. Todo eso importa. Pero deberíamos empezar a preguntar también otras cosas.

¿Mi hija está aprendiendo a resolver problemas? ¿Mi hijo sabe trabajar con otras personas? ¿Puede argumentar una idea utilizando evidencia? ¿Sabe distinguir información confiable? ¿Tiene oportunidades para experimentar y equivocarse? ¿Está aprendiendo a utilizar la tecnología de manera crítica y responsable? ¿Puede conectar lo que aprende en matemáticas o ciencias con los problemas de su comunidad?

Imaginemos lo que sucedería si miles de madres, padres y personas cuidadoras comenzáramos a hacer esas preguntas en las escuelas. No para exigir una materia adicional llamada “STEM” ni para llenar las aulas de dispositivos, sino para exigir algo mucho más profundo: una educación que desarrolle habilidades STEM, que terminan siendo mucho más que capacidades o requerimientos específicos para estas áreas; terminan siendo habilidades durables, necesarias para cualquier trayectoria y para alcanzar nuestro máximo potencial como humanidad.

Porque cuando las familias empiezan a demandarlo, las prioridades también comienzan a cambiar.

Necesitamos construir una nueva expectativa social sobre lo que significa recibir una educación de calidad. Que terminar la escuela no sea únicamente haber acumulado conocimientos o aprobado asignaturas, sino haber desarrollado herramientas para seguir aprendiendo durante toda la vida.

El futuro del trabajo ya está enviándonos señales. Hacia 2030, los avances tecnológicos, los cambios demográficos, las transformaciones económicas y la transición verde modificarán millones de puestos de trabajo y las habilidades necesarias para desempeñarlos.

Pero formar para ese futuro no significa intentar adivinar cuál será la siguiente tecnología. Significa preparar a las personas para comprenderla, cuestionarla, utilizarla, mejorarla y, cuando sea necesario, crear algo distinto.

Por eso necesitamos escuelas comprometidas con desarrollar estas habilidades. Necesitamos docentes con las herramientas para hacerlo. Necesitamos políticas públicas que lo hagan posible. Necesitamos empresas que participen activamente en la formación del talento que requerirán.

Pero también necesitamos que las familias lo exijan: que pregunten, se involucren y eleven sus expectativas sobre aquello que sus hijas e hijos deberían estar aprendiendo.

Porque quizá no podamos decirles exactamente cuáles serán los empleos que existirán cuando crezcan. Pero sí podemos asegurarnos de algo mucho más importante: que tengan la capacidad de construir su lugar en ese futuro, incluso si todavía no existe.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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