El juicio de los soldados

Mientras la luna se alzaba sobre el palacio, la sombra de la locura del rey se extendía sobre el reino, amenazando con arrastrarlo todo a la oscuridad.

El juicio de los soldados
Heredera Romanov

Por Heredera Romanov

En lo más profundo del palacio, envuelto en una lujosa soledad, el rey observaba su reflejo en un espejo enmarcado en oro. Las cortinas de terciopelo rojo apenas dejaban pasar la luz del sol, creando un ambiente de penumbra que acentuaba las sombras en su rostro envejecido. El trono, tallado con delicados relieves de dragones y leones, parecía desproporcionadamente grande para él, como si el peso del poder hubiera reducido su figura.

A solo unas semanas de su próxima dimisión, el rey había decidido que su última gran acción sería renovar completamente la tropa de soldados que luchaban en los límites del reino. En su mente perturbada, comenzó a desconfiar de todos: soldados, mandos y jefes militares. Su desconfianza se transformó en una paranoia tan intensa que decidió someter a todos ellos a una consulta popular.

“¡Haremos que el pueblo decida! Desnudaremos a los soldados, los haremos recitar estrofas patrióticas frente a la multitud, y que sea la voz del pueblo la que determine quién se queda y quién se va”, proclamó el rey, su voz resonando en los vastos salones del palacio.