Por Ivabelle Arroyo

Tenemos un peso resiliente, la inflación barrida bajo la alfombra y una paz institucional que, vista de lejos, parece solidez. Pero no se confundan: esta no es una estabilidad de hierro, es una estabilidad de vitrina. De esas que se sostienen porque el gobierno se adueñó del relato y no deja que nadie más sople. De esas que no hay que tocar porque se rompen. El poder se mira a sí mismo, se aplaude y nos dice que todo va de maravilla, mientras no se hagan olas —o se acabe el dinero, o llueva, o nos caiga encima Trump, o haya otro Mayo—.

No soy aguafiestas. El peso sí está fuerte y no nos estamos hundiendo en un trasatlántico partido a la mitad. Dicho eso, vale la pena rascarle tantito a algunos de los elementos de fragilidad que nos dejó el año.

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