Por Ivabelle Arroyo

Sheinbaum es buena torera; no se puede negar. Tiene margen cero y alcanza a darnos una buena imagen de su gestión ante Donald Trump. Hay que cuadrarse, la verdad. Pidió la llamada con Donald Trump para proyectar algo de fuerza ante la amenaza de tropas norteamericanas en suelo mexicano. Lo dijo con énfasis, como le gusta: nosotros pedimos la llamada. Que se oiga “fuerte y claro”.

Eso sí, en su propio relato aparece el matiz incómodo: quien preguntó fue él. Trump. Él preguntaba sobre Venezuela y ella, muy constitucionalista, respondía: que si la Constitución, que si la soberanía; él preguntaba sobre los criminales y ella, muy segura, le explicó que en México no se necesita ayuda, gracias. La presidenta fija el relato antes de cualquier tuit explosivo. Eso es oficio político, chingao, y funciona para el consumo interno. Para mandar la señal de que hay mando, temple y estrategia, independientemente de lo que realmente se haya dicho o acordado en esa conversación, y del margen —reducido o inexistente— que tiene México en esa mesa.

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