Por Ivabelle Arroyo
Ayer, en este espacio de Opinión 51, Sandra Romandía describió una escena que muchos periodistas reconocemos de inmediato, incluso quienes no han leído su texto: una solicitud de información impecable que es respondida en tiempo y forma, jurídicamente correcta y, sin embargo, inútil. No hay negativa ni hay censura. Hay algo peor: una respuesta que diluye el tema. Lo he visto muchas veces. Lo pueden ver ustedes si curiosean entre las respuestas que hay en la Plataforma Nacional de Transparencia. Son inútiles. Páginas y páginas de nada. Sandra advierte que esto no es un error aislado, sino un patrón que empieza a consolidarse en el México posterior a la desaparición del INAI.
Al leerla, no pensé en un retroceso clásico de la transparencia, ni en la incompetencia burocrática. Pensé en una mutación del poder. Hace tiempo leí Spin Dictators, de Sergei Guriev y Daniel Treisman, y el texto de Romandía me hizo recordarlo. La tesis es la siguiente: muchos autoritarismos contemporáneos ya no gobiernan mediante el miedo, sino mediante la simulación. Conservan elecciones, leyes, instituciones y procedimientos, pero los vacían de contenido. No prohíben, administran. No callan, cansan. De hecho, registran cómo, en los autoritarismos modernos, a los periodistas no los encarcelan. Los detienen y los sueltan. Muchas veces. Los cansan y los asustan.
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