Por Ivabelle Arroyo

No se me ocurre mejor definición de Marx Arriaga que la de cadenero junior consentido. El funcionario confundió su oficina de la SEP con un departamento heredado y creyó que una política pública podía ser una patente a su nombre, pero no es culpable de eso. Así lo criaron los jerarcas. Eso explica su dramatismo, sus ridículas actitudes de gesta heroica y su decisión de usar la misma camisa durante tres días para no dejar desprotegido su escritorio ni un minuto ante el embate de quienes no entendían que él y sólo él mandaba en su parcela de poder: sus horrorosos libros de texto. 

Lo visto en la SEP es el síntoma de una enfermedad política que ocurre cuando un movimiento se vuelve hegemónico: distorsiona el ego. Cuando el poder central es tan vasto, las piezas pequeñas se contagian de esa misma embriaguez. Arriaga operó bajo la lógica del cadenero de un antro. Lo han visto: ese hombre que custodia la entrada con una cadena de plástico y siente que el establecimiento es suyo. El cadenero no es el dueño, no paga la renta ni compra el alcohol, pero en ese metro cuadrado es la ley. Su poder es real, nadie puede saltárselo, todos lo adulan y, si decide cambiar el método de ingreso o los criterios, bien puede decir que estos son su invento. El cadenero olvida que su espacio es prestado, minúsculo y revocable.

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